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Que le den a la iguana por Lucas Haurie

Si la próxima final de Roland Garros se jugase aquí por alguna extraña razón y no la disputase Nadal (pongamos por caso Federer y Djokovic), no quedaría ni rastro de la masiva afición del tenis en la ciudad y habría que ir regalando entradas por las casas de hermandad para completar el aforo. No escribo a humo de pajas. Durante el reciente festival de cine, a Sevilla le agarró tremenda cinefilia. Había guantazos por una entrada para ver el preestreno de una película islandesa con subtítulos en búlgaro que mostraba durante todo su metraje, unas cuatro horas, el proceso de apareamiento del bacalao. Tocaba llenar de las salas y la sevillanía figurona (valga la redundancia) vistió sus mejores galas para irse al cine. La Filmoteca de Andalucía proyecta verdaderas joyas del séptimo arte. Anteanoche, sin ir más lejos, se pudo ver ¡¡¡gratis!!! «La noche de la iguana», un clásico de John Huston que no se exhibe en gran pantalla desde hace treinta años pero que no congregó a más de una treintena de espectadores. Despojado cualquier espectáculo del plumaje que lo convierte en un acontecimiento social, para nuestros noveleros paisanos pierde todo el interés. Ni les cuento para nuestros políticos. No damos para más.

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