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Lágrimas de almíbar

Madrid.

Tiempo de lectura 4 min.

03 de octubre de 2011. 20:50h

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Madrid. 4/10/2011

Los meses previos a unas elecciones generales deparan excesivas emociones. No niego que me gustaría ser niño para sentir el cariñoso beso de Rajoy y de Rubalcaba, a pesar de la barba de uno y de otro. Lo cierto es que ya de adulto, mi beso infantil es lo único que Rubalcaba puede llevarse de mí. Rajoy, al menos, se llevará mi voto, y ese detalle en una democracia tiene una gran importancia. En los últimos siete años, he estado de acuerdo y en desacuerdo con Rajoy en muchas ocasiones. Pero nunca me ha engañado.

Es posible que la ausencia del poder impida la culminación del engaño, pero ni en los momentos más bajos de Rajoy, lo he tenido como mentiroso. A Rubalcaba sí, casi siempre. Como escritor, soy partidario de la mentira por lo que contiene de imaginación y creatividad. No como ciudadano, contribuyente y votante. De Rubalcaba, con quien he hecho buenas migas en las pocas ocasiones que nos hemos encontrado, no me fío. Y hago bien.

Un político que asegura, con lágrimas en los ojos, almibaradas lágrimas, que se siente al lado de los parados habiendo contribuido a crear durante su participación gubernativa más de dos millones y medio de ellos, se me antoja estrafalario. Divertido como salida improvisada, pero no si las lágrimas están inmersas en un plan o un guión electoral.

Me preocupa el desmoronamiento del socialismo. El sistema democrático se sostiene con dos partidos fuertes y la posibilidad de la alternancia. La chufa que se puede dar el PSOE en noviembre – y las encuestas hasta la fecha aseguran la chufa–, no hará otra cosa que ahondar su precipicio. Rubalcaba no es un candidato serio, ni Felipe González, su último fichaje, una esperanza de futuro. Además, que Felipe González carece de voluntariedad en el compromiso.

Está ahí porque le llaman y en ese momento no tiene nada más importante que hacer. Felipe González no está capacitado para avalar un socialismo escorado al límite de su izquierda cuando se ha convertido, y mucho me alegro por él, en un acomodado inquilino del barrio de Salamanca. Sí, sí, en parte de aquella «derechona» que antaño tanto le molestaba. No es inteligente la estética del otoño para ganar la primavera, y la primera fila de butacas en los actos de Rubalcaba, es una primera fila sin hojas, lánguida y un mucho vetusta. Una melancolía del desaparecer, como el poema de Foxá.

Ahí, el único joven, y ya no tanto, es Madina, que siempre se está riendo y algún día le tengo que preguntar el motivo de su risa. Todo mi respeto a Javier Solana, pero el futuro político y su persona ya han roto sus relaciones amorosas, se han devuelto el rosario de su madre y uno de los dos, Solana o el futuro, se han quedado con todo lo demás.

Felipe González, Javier Solana y Alfredo Pérez de Rubalcaba conforman la estética del pasado. Como sigan con estas ocurrencias, el próximo que sacan a la palestra será Gregorio Peces-Barba, que tantísimos votos arrastra.


Insisto que el Partido Popular haría bien en renunciar a la campaña electoral. Se la está haciendo Rubalcaba, prometiendo todo lo que no ha hecho en siete años de ministro y vicepresidente de los Gobiernos de Zapatero, del que ahora se ha distanciado con radical desdén, como si de Escarlata O'Hara se tratara. Esas lágrimas de emoción, almibaradas lágrimas, no se las cree ni Elena Valenciano, mujer inteligente obligada al suicidio.
 

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