La pasarela del Ritz por Jesús Mariñas

Son maniobras de Luis María Anson, siempre exaltador de lo que tiene mérito, valía y belleza. Ana Belén fue homenajeada por el Club de Medios, revestida con túnica negra, un «fondo de armario» firmado por la parece que extinta Sybila, a la que luego sustituyó por Jesús del Pozo, otro también cuasi archivado.

Carlos Herrera besa a Laura Valenzuela durante el acto
Carlos Herrera besa a Laura Valenzuela durante el acto

Resplandecía, y Ana justificó su ausencia de la gran pantalla por cómo anda nuestro cine: «Nos hemos equivocado en algo», remarcó mirando de lejos a Belén Rueda, que quizá esta noche logre otro Goya, ceremonia con expectación que tendrá alfombra tan roja como las del Hotel Ritz, igualmente significado en su Centenario. Laura Valenzuela estaba allí con un añejo «spencer» estrenado hace veinte años: lo suyo ya es subsuelo de armario y no le importa reconocerlo. Lo hacía ante su íntima Licia Calderón, muy cerca de Pedro Osinaga y de un aterciopelado Paco Valladares, y de Pepe Ruiz, hecho un Caballero de Gracia.

Alberto Vidiella, dueño de Puerto Banús, alborozó contando la recuperación de Marbella, algo que no avaló su alcaldesa, poco dada a las relaciones públicas. En su nombre acudió el conde Rudy, secuela de una Marbella finiquitada, con María Luisa de Prusia, prima de la Reina. Refulgía a lo Sissi bajo rutilantes lentejuelas –muy marbellíes– color plata. Belén Rueda, recién salida de sesión con Maribel Yébenes, se cruzó con una Isabel Preysler bajo gafas oscuras, realzada por complicado traje de Pedro del Hierro. Lleno de bodoques, fruncidos y lazo sujetándole la casi inexistente cintura. Lástima de pelo alto sujetado con descuido, de ahí que la llevase a mal traer, como a Lina su inexistente moño: «Es que me riza la nuca y me incomoda», contó a un Carlos Herrera siempre irónico. Toda la mesa miró el portátil donde el radiofonista que fustiga con guante de seda mostraba la foto de su hija. Bizqueó Anne Igartiburu enfundada en negro, color predominante de la fiesta. Igual que Alberto García endomingado canario Mister España, o Lara Dibildos, en encaje negro, sin su característico pelo pajizo ahora atenuado al aire de la impactante Juncal Rivero. Hizo del Ritz una pasarela, aunque lo suyo de ahora es el teatro: sigue triunfando con «Brujas». Y Enrique Cornejo, exultante, porque todas sus compañías son éxitos.

Lo demostraba con corbata amarilla quizá impropia de gala y chocaba con el aire dramatizado de Juncal –con un Hannibal Laguna como para Marlene Dietrich –frente al campechano de Juan Mora, el de las tres orejas en Las Ventas.