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Y si Bélgica desaparece

El corresponsal Jacobo de Regoyos ahonda en las contradicciones de un país que, como él dice, «vive en un conflicto étnico no violento».

  • Miles de belgas se manifestaron el pasado día 23 después de 200 días sin gobierno bajo el lema «Vergüenza»
    Miles de belgas se manifestaron el pasado día 23 después de 200 días sin gobierno bajo el lema «Vergüenza»

Tiempo de lectura 8 min.

28 de enero de 2011. 21:36h

Comentada
30/1/2011

El problema no es saber si los franceses quieren unir Valonia a Francia, sino si los valones lo desean. Porque incluso si el 100 % de los franceses quisiera, no sería suficiente. Por cuestiones de decencia, lo mejor sería esperar que Bélgica desapareciera. Luego habría un referéndum, y tendría que ganar el sí a Francia. Y por último, tendría que llegar la petición formal de las autoridades valonas y en su caso bruselenses.

Sólo en ese caso, París reaccionaría y podrían empezar las negociaciones. Porque la simple anexión no es la única posibilidad. Según Chevénement, «Valonia podría tener el estatus actual con una simple incorporación de la Seguridad Social valona a la Seguridad Social francesa». El recién fallecido Daniel Ducarme, ex presidente de los liberales francófonos, proponía un estatus similar al de la Polinesia francesa que preservaría algunas competencias además del himno, la bandera y la familia real. Algo inadmisible para los ratachistas más ortodoxos, para quienes si Bélgica se evaporara, la monarquía también; es el trono quien depende de Bélgica, y no al contrario. Si Valonia y Bruselas se convirtieran en las regiones 23 y 24 de Francia se buscarían funciones honorables para Alberto II y sus hijos como misiones en el Comité Olímpico o en la Cruz Roja Internacional. Es quizá oportuno subrayar que es más difícil que Bruselas quiera ser francesa que Valonia, dadas las diferencias entre ambas. Los partidarios de la «unión» con Francia creen que nadie en la Unión Europea se opondría, porque existe el precedente de la reunificación Alemana. ¿Cómo decir no cuando se dijo sí a los seis «lander» de Alemania del Este? Precisamente Alemania se acordará de la lealtad francesa en 1990.

Además, insisten, Europa entera respirará aliviada sabiendo que la crisis terminal belga tiene un final pacífico y que se ha evitado el caos, y aceptará la solución francesa como un factor de estabilidad. Por último, cabe recordar que Niza y la Saboya han celebrado en 2010 el 150 aniversario de su «rattachement a Francia vía referéndum. Era otra época, pero ya se había hecho antes.

Por supuesto, la ventaja más evidente para los francófonos belgas es que Francia supliría los subsidios flamencos . La relativa pobreza de Valonia no sería algo que la voluntad política no pudiera superar en Francia. La alta tasa de paro y el pago de la deuda no son un obstáculo importante, porque tres millones y medio de belgas no pesan de forma decisiva en la balanza económica de sesenta y cinco millones de franceses . Al contrario, si la unión se produjera sería muy probable que París realizara inversiones que integrasen más Valonia, y Bruselas en su caso, con el departamento galo de Nord Pas de Calais. Los francófonos belgas verían además cómo de pronto se invertiría la relación de fuerzas con Flandes, al ser ellos los más numerosos y los más potentes económicamente. Esto ayudaría a hacer respetar sus derechos (ya como franceses) en territorio de Flandes, sobre todo si el nuevo Estado flamenco quisiera ser reconocido internacionalmente y entrara en la Unión Europea. A lo mejor, como región de Francia, hay incluso más posibilidades de que un valón llegue a ser presidente de la República que de ser primer ministro en la Bélgica actual, en la que a no ser que los flamencos no quieran ocupar el cargo –como es el caso excepcional de Bart De Wever–, existe una ley no escrita por la que por principio el primer ministro es siempre un neerlandófono.

Las ventajas para Francia se manifestarían en el contexto europeo, concretamente en su relación con Alemania. Hasta1990, la mayoría de la clase política francesa comulgaba con la famosa frase del premio Nobel François Mauriac: «J'aime tellement l'Allemagne que je préfère qu'il y en ait deux» [Me gusta tanto Alemania que prefiero que haya dos]. La división de Alemania resultó en una paridad demográfica artificial entre franceses y alemanes occidentales. Había un sentimiento de igualdad. Aunque la economía de Alemania occidental era más fuerte, Francia era una potencia nuclear y un miembro permanente, con facultades de veto, del Consejo de Seguridad de la ONU. Sin embargo, la Alemania unificada tiene unos ochenta y dos millones de personas, y Francia sólo sesenta y cinco millones. El eje francoalemán, motor de la construcción europea, de pronto se desequilibró. Y era sólo cuestión de tiempo que eso se notara en la arquitectura institucional europea, concretamente en las decisiones por doble mayoría.

Por supuesto, el eje francoalemán funciona todavía. Pero cuando uno de los dos socios es siempre más rico y poblado, la relación se desequilibra de forma sutil, pero constante. Por el contrario, si la hipótesis ratachista se confirmara, Francia vería cómo su población sobrepasaba los setenta millones de habitantes en un momento en que la población alemana desciende levemente por debajo de los ochenta millones, algo importante si Francia quiere retomar el equilibrio del eje francoalemán. Además, también hay un reequilibrio geográfico.

Con Bruselas y Valonia, Francia estaría más centrada en el contexto europeo. La «Europa de los 27» es muy distinta de la «Europa de los Seis» que dirigieron De Gaulle y Adenauer.

Desde la perspectiva francesa París ha salido del centro geográfico de la UE y Berlín se ha centrado. A pesar de las semejanzas culturales, es cierto que hay también algunas diferencias sociológicas que los francófonos belgas comparten con los flamencos. Algunas se traducen en algunos problemas de orden práctico-legal, como por ejemplo las bodas homosexuales, legales en Bélgica pero no en Francia. Y lo mismo ocurre con la eutanasia. Otras son de orden más general, como el culto al poder local belga, que cuadra tan poco con «El Estado soy yo» del centralismo francés. Además, como ya hemos mencionado, flamencos y valones comparten otras semejanzas más difíciles de definir, cierto modo de vida «bourgignon», un relativismo opuesto al chovinismo francés y «bon vivant», común a todos los belgas, francófonos y neerlandófonos.


Ficha
Título del libro:  «Belgistán, el laboratorio nacionalista».
Autor: Jacobo de Regoyos
Edita: Airel
Fecha de publicación: 20 de enero de  2011.
Sinopsis:  Dos comunidades, la francófoca y la neerlandófona, conviven en un país pequeño, pero fundamental para el futuro de Europa. Bélgica vive en una división práctica, mientras los políticos intentan llegar a acuerdos políticos. El autor evoca, desde su conocimiento como corresponsal, las divisiones de una nación que no considera la posibilidad de matrimonios mixtos entre ambas comunidades y que apenas comparten, ni siquiera, la misma televisión, por no hablar de la lengua. En el futuro de este país, en el fondo, no sólo se dirime el nacionalismo europeo de los próximos años, sino el posterior devenir de la UE.

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