Tabloides un respeto

El escándalo de la escuchas telefónicas de «News of the World» y otros tabloides ha dejado al descubierto la existencia de una Prensa popular que vende millones de ejemplares. Arrastran un gran desprestigio, amarillos, mentirosos y sensacionalistas, pero todos los primeros ministros británicos se han entregado a ellos para mantenerse en el poder, desde Tony Blair a David Cameron. Explicamos de qué va este fenómeno. 

Muestran al último novio de Madonna en portada mientras revelan el documento secreto de Scotland Yard. Siguen los detalles más escabrosos de las vidas privadas de los «celebrities» al tiempo que hacen bailar al son de sus titulares a políticos y herederos al trono. Rompen carreras profesionales, pero también dan las llaves de la puerta de Downing Street.


Así son los tabloides británicos, una mezcla peligrosa que se retroalimenta de exclusivas, fuentes anónimas, poder y dinero, mucho dinero. En las islas existen siete cabeceras, seis si se tiene en cuenta el cierre hace tan sólo dos semanas de «News of the World». Cada domingo sacaba un beneficio de 3,4 millones de libras.


La denominada «prensa amarilla» es una dimensión feroz del periodismo que atrae con el mismo ímpetu a seguidores y detractores. Los tabloides pueden ser criticados en las conversaciones de «petit comité», pero en las altas esferas no hay fiesta que se precie sin los editores de dichas publicaciones como invitados de excepción. Los periodistas son tan odiados como temidos.


Pero ahora todo ha cambiado. Rupert Murdoch, el gran magnate de los medios de comunicación, se ha tenido que sentar ante un comité en la Cámara de los Comunes para responder a las preguntas de unos políticos que hasta hace dos días le hacían la reverencia a su paso. El escándalo de las escuchas ilegales de su dominical ha abierto una nueva era: el temido Murdoch ya no es intocable. La pregunta es: ¿es su final o sencillamente es el fin de una etapa para los tabloides en la que la máxima era el todo vale? Es difícil saber el futuro que le depara al todopoderoso australiano, pero resulta imposible imaginar un Reino Unido sin tabloides.


La historia de este tipo de rotativos –con un formato más pequeño que los considerados periódicos «serios» y un precio más asequible (20 peniques respecto a 1 libra)– se remonta al siglo XVIII. Se trataba de un tipo de periodismo que mezclaba historias que interesaban a la gente, con deportes y sexo, un tema que poco a poco fue evolucionando hasta acabar plasmado en la página 3 del «The Sun» con una chica en «topless» y ansias de fama.


En Reino Unido la gente no dejó de ocultar su color político y los tabloides sacaron tajada del asunto, en ocasiones sin piedad. «El lector de tabloides, por lo general, no tiene un nivel cultural muy alto. Es pasional defendiendo sus ideas y le gusta la manera en la que presentan las noticias. Historias exageradas, escándalos de famosos y de políticos. Los enfoques son muy radicales y atacan duramente a sus víctimas», explica Charlie Beckett.
Sin regulación


Este profesor de la London School of Economics asegura que los tabloides, más que informar, entretienen. Ofrece fotos, modelos en bikini y mucho deporte. «En España no han triunfado porque el mundo del corazón se ha instalado en la televisión. En Reino Unido, la televisión está muy regulada, pero la Prensa tiene mucha libertad para afrontar sus temas. Son dos sistemas diferentes».


En junio de 2003, la comisión de Deporte, Cultura y Medios de Comunicación del Parlamento británico –la misma que esta semana interrogó a Rupert Murdoch, a su hijo James y a Rebekah Brooks– pidió al entonces Gobierno laborista que introdujera una ley de protección de la intimidad frente al aumento de casos de intrusión de la Prensa en la vida de las personas. El pasado mes de mayo, a raíz de un escándalo en Twitter con Ryan Giggs, un conocido futbolista del Manchester United, el ejecutivo conservador anunció la formación de un comité parlamentario para que estudiara el equilibrio entre privacidad y libertad de expresión y posibles cambios a la ley.


A lo largo de estos años, los tabloides se han escudado en este vacío legal para publicar un sinfín de historias que en más de alguna ocasión han causado revuelo en la Cámara de los Comunes. Cualquier político que osara a meterse con ellos ha recibido su castigo pertinente. En 2004, al laborista Clare Short se le ocurrió sugerir la retirada de la página 3 del «The Sun». La respuesta no se hizo esperar. El tabloide apareció al día siguiente con un titular que rezaba «La gorda celosa de Clare tilda a nuestra página 3 de pornográfica». Por aquella época, Rebekah Brooks, la niña mimada de Murdoch, era la directora del tabloide.


Los conservadores tampoco han quedado exentos de sus sátiras. David Mellor, que ha ocupado diferentes cargos en los sucesivos gobiernos conservadores, declaró en 1989 que los tabloides eran demasiado poderosos y necesitaban una mayor regulación. Tres años más tarde tuvo que dimitir cuando «News of the World» pagó 30.000 libras de las de entonces a su amante para que contara su relación extramatrimonial.


Pero sin duda uno de los casos donde se ha podido ver mejor la influencia que tienen este tipo de cabeceras con la clase política fue durante las elecciones de 1992. Los laboristas depositaron su confianza en Neil Kinnock, un hombre que tenía que sacar al partido de la crisis en la que estaba inmerso. «The Sun» decidió apoyar a John Major, el sucesor de Margaret Thatcher. Murdoch tenía una deuda con los «tories», haberle dejado que su imperio creciera sin límites, y no estaba de humor para apoyar a un galés de origen obrero que, a pesar de haber movido a su partido hacia la derecha, aún era visto con desconfianza. El día de las elecciones, «The Sun» publicó: «Si gana Kinnock, el último que se vaya de Reino Unido, por favor, que apague la luz». El laborista, efectivamente, perdió.


¿Quiénes son sus lectores?

¿Han perdido toda la fe en los tabloides después del escándalo del ya desaparecido «News of the World»? Durante la última década, diferentes documentales han puesto en evidencia las técnicas de sus redactores para sacar exclusivas. El más significativo fue «Starsuckers», de 2009.


La película mostraba cómo el equipo dirigido por Chris Aitkins llamó a las redacciones de estos periódicos fingiendo ser un ciudadano anónimo con alguna historia que vender sobre famosos. En algunos casos llegaron a ofrecerles hasta 600 libras por detalles de los más rocambolescos. Las falsas historias incluían a Amy Winehouse y su pelo prendido con fuego o el supuesto interés por la física cuántica de un miembro del grupo Girls Aloud.


Con todo, los lectores siguieron comprando las cabeceras, pero ahora el escenario es bien distinto: entre los teléfonos pinchados por los reporteros de «News of the World» se encontraba el de Milly Dowler, una niña desaparecida en 2002 y posteriormente asesinada. Durante las horas que los periodistas manipularon su móvil borraron mensajes, haciendo creer a la Policía y a la misma familia que la niña estaba viva.


Peter, que tiene su cerveza preparada en cuanto entra a su pub de barrio, al suroeste de Londres, asegura que era un fiel lector del dominical, pero tras descubrirse el «caso Miller» y la posibilidad de que también pudieran ser escuchadas las víctimas de los atentados del 7-J, ha cambiado su opinión. «A mi mujer le encantan los chismes de todas esas famosas y a mí me gusta el fútbol. Era entretenido porque hablaba de lo que nos importa a la gente, no la mierda de los políticos de siempre. Pero lo que hicieron con esa niña está muy mal».
Jimmy Burns, un periodista que durante 33 años ha estado trabajado en el reputado «Financial Times» –la antítesis de la llamada prensa amarilla– asegura que, tras el episodio de la pequeña Milly, al periódico no le quedaba otra opción que cerrar. «Lo que me preocupa es la imagen del periodismo británico que se pueda dar fuera. Yo trabajé durante muchos años en el área de investigación del FT y nunca hemos utilizado métodos ilegales para sacar nuestros temas. Indagábamos, contrastábamos las fuentes», matiza. Está claro que para Burns, los que marcan la agenda política son los periódicos serios, pero no cabe duda de que nadie quiere tener a un tabloide como enemigo.