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Cuba

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La Razón
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A comienzos de los años sesenta la Guerra Fría estaba en su apogeo y las tensiones entre rusos y americanos amenazaban con desencadenar una guerra nuclear que con toda seguridad habría resultado devastadora. El mundo estaba dividido en ideologías, y salvo contadas excepciones, los países se alineaban con Estados Unidos o con la Unión Soviética. Sabíamos mucho, casi todo, de la vida americana, y poco, casi nada, de lo que ocurría al otro lado del famoso Telón de Acero. Nadie dudaba de que quienes se amparaban en la potencia militar de los norteamericanos lo hacían por conveniencia. Los acontecimientos de Hungría nos habían puesto sobre aviso de que no pocos de los países que giraban en la órbita soviética lo hacían sin duda por miedo. Yo tenía 13 años cuando la situación se tensó en torno a Cuba por el asunto de los misiles soviéticos y el intimidatorio bloqueo naval dispuesto por el presidente Kennedy, y el ambiente era tan decepcionante que no perdía de vista el cielo por si asomaban los bombarderos soviéticos y arrasaban Occidente. No sabíamos nada de lo que ocurría dentro de la Unión Soviética, pero el rumor popular era que los rusos habían construido una bomba de cincuenta megatones y que si la arrojasen contra el denominado Mundo Libre, ni siquiera quedaría en pie el suelo. Al final de una larga tensión que me hizo olvidarme de la merienda y contener el aliento, Kruschev retiró sus misiles de Cuba, Jack Kennedy se puso sus pantalones blancos y yo respiré aliviado. Fue entonces cuando comprendí que, irónicamente, era el miedo a la guerra lo que en definitiva la había evitado. Con el tiempo los occidentales nos dimos cuenta de que la Unión Soviética era un gigante con los pies de barro, un heterogéneo grupo de países en cuya unión la latente amenaza de los tanques del Ejército Rojo había sido sin duda más determinante que la voluntad de los gobernantes respectivos. Como se vería años más tarde, al desmembrarse la Unión Soviética comprendimos que Moscú podía asustar al mundo con sus armas, pero era incapaz de fabricar todo el pan que necesitaban sus ciudadanos. Se decía entonces que la sanidad soviética era la mejor del mundo, pero, ¡demonios!, en las entusiastas exhibiciones de la Plaza Roja de Moscú, los dirigentes amontonados como cuervos de felpa en las murallas del Kremlin no sonreían por temor a que Occidente descubriese sus caries. Ahora la Unión Soviética es un simple recuerdo, los Estados Unidos se mantienen donde estaban y emerge el islam como el posible enemigo a batir. De nuevo habrá que escoger un bando y alinearse por convicción o por miedo. La próxima tensión será entre el capitalismo norteamericano y el integrismo islámico. Esta vez tendremos que elegir entre una ideología y una enfermedad mental.