Melilla: compraventa de la supervivencia

De los tres pasos fronterizos de Melilla con el norte de Marruecos, el de Beni-Enzar, volvía a presentar el viernes su aspecto habitual: un colapso centenario de oxidados y polvorientos Mercedes rebosantes de mercancías y ajados porteadores con el trasportín de motos y viejas bicicletas lleno de productos (pañales Dodot, tomate frito Solís, latas de atún, pipas) para comercializar al otro lado.

Sobre el asfalto se amontonan cajas de frutas. Es la imagen vuelta a la normalidad. © F. G. Guerrero
Sobre el asfalto se amontonan cajas de frutas. Es la imagen vuelta a la normalidad. © F. G. Guerrero

El paisaje cotidiano de la subsistencia recupera la cobertura: Guardia Civil, Policía Nacional, productos desparramados en las aceras, cajas de fruta sobre el asfalto y «conductores-comerciantes» que esperan. Cualquier producto es susceptible de comprimirse un poco más, de ganar espacio al maletero. Cinco, seis, siete horas para pasar la frontera, bajo una temperatura media de treinta grados. Los porteadores marroquíes compran en Sepes, un polígono industrial adyacente al paso de Beni Enzar, abastecido abundante y caóticamente con productos que llegan desde España. Las distintas naves del Sepes son propiedad o están gestionadas por bereberes melillenses. Yusef, el portavoz de estos comerciantes, sabe que hay más de 30.000 marroquíes que pasan a diario la frontera «para ir tirando, para ir sobreviviendo».

En el paso del Barrio Chino, de lunes a jueves, el hormigueo de porteadores es incesante. Ancianas, muchachos y hombres, compran en las cientos de «furgonetas-mayoristas» que se sitúan alrededor. Es un campamento comercial. Una vez abastecidos, trasladan las mercancías envueltas en una sábana anudada, que colocan sobre la espalda. «Son mulos», dice un policía. En la frontera del Barrio Chino les esperan tres tornos, el control de la Guardia Civil española y tras unos veinte metros de «tierra de nadie», la Policía marroquí. «Los porteadores repiten una y otra vez el recorrido, tratan de ganar lo máximo. No respetan el orden ni las colas. Las avalanchas han provocado varias muertes en los tornos. Se convierten en jaulas mortales», asegura un miembro de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad.

Al otro lado, los agentes marroquíes se muestran proclives a alcanzar un acuerdo comercial satisfactorio para ambas partes: tres, cuatro, cinco euros, por dejar pasar a los porteadores a Nador, con las «viejas» suelen ser más condescendientes. «Por eso sus familias se encargan de explotarlas». No hay ninguna ley escrita, pero la actividad de subsistencia está tan detalladamente reglada que los viernes la Policía marroquí baja la ventanilla y la vuelve a levantar el lunes, cuando el pobre norte de Marruecos regresa a Melilla a hacer la compraventa de su supervivencia.