Júbilo sobre júbilo por Alfonso Ussía

La Razón
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El día que tuve la fortuna y honor de ganar el premio «Mariano de Cavia» –sin duda alguna el más prestigioso del periodismo literario español, establecido por don Torcuato Luca de Tena, el fundador de ABC–, recibí la llamada de Antonio Burgos, también «Cavia». Y me felicitó con vocación doble. Por haber ganado el «Cavia» y por lo mal que le habría sentado mi galardón a los envidiosos de siempre. No había reparado en la segunda alegría porque la primera era tan grande que no dejaba lugar a ninguna otra, pero pasados unos días, cuando todo vuelve a su sitio, el segundo placer se confundió con el primero, y me sentí enteramente feliz.

El júbilo por la victoria de la Selección española de fútbol en la Eurocopa ha ocupado totalmente el rincón de mis sensaciones durante unas horas. En el momento de escribir este artículo me asalta una duda que me formula una pregunta: ¿Me siento feliz por la victoria de España o por lo mal que le ha sentado a los nacionalismos aldeanos la victoria de España? Y me he respondido. Júbilo sobre júbilo, felicidad sobre felicidad, alegría sobre alegría. Orgullo en el primer golpe del placer y sano pitorreo en el segundo, no menos importante. El mensaje lo ha captado perfectamente el diario deportivo francés «L'Equipe», que abre su portada con un «Gracias» en español y una columna de Fabrice Jouhaud cuyo título lo dice todo: «Una e indivisible». Pues eso.

Nada en la calle, todo en casa. Más del 70% de los vascos vio la final por televisión. En ese altísimo porcentaje hay que incluir al Diputado General de Vizcaya, José Luis Bilbao, que manifestó su irreprimible deseo de que Italia venciera a España. Hay que mandarlo al oftalmólogo o al oculista. Cuando le extirparon del riñón una piedra al fabuloso Antonio de Lara «Tono», fue visitado en el hospital por su íntimo amigo Antonio Mingote. «¿Era grande la piedra que te han quitado?»; «Fíjate si era grande que ponía «Ulloa Óptico». Pues José Luis Bilbao, a Ulloa Óptico inmediatamente, por su vista. Y en Cataluña, más de lo mismo. Marta Rovira, que parece ser la secretaria general de ERC, ha dicho mientras se secaba las lágrimas que no se siente representada por la Selección. Tan fundamental manifestación me ha producido un refanfinfle especialmente gozoso. A medida que cumplimos años la sensibilidad crece, y tengo que reconocer que a partir de hoy, lo primero que me voy a preguntar en los amaneceres es si la señora o señorita Rovira se siente representada o no. Lo cortés no quita lo valiente, y Marta Rovira merece que le encontremos a su representante en tan doloroso trance de no representada.

Centenares de miles de banderas de España han ondeado estos días en manos, balcones y terrazas. Los jóvenes no tienen complejos absurdos ni se dejan influir por los ignorantes papanatas. Madrileños, catalanes, vascos, riojanos, valencianos, canarios, andaluces, castellanos, manchegos –¡Iniesta!– y navarros se han reunido en un equipo formidable con un objetivo común. La victoria de España. Ese objetivo es el que ha molestado tanto a quienes no saben compaginar la raíz maravillosa de la aldea con la unida grandeza de la Patria común. El problema es de ellos, y la alegría, de todos los demás.

Me quedo con la interpretación de un gran periodista francés. «Una e indivisible». Se ha demostrado. Júbilo sobre júbilo. Que rabien.