Delirio en veinte minutos

«Don Carlo»De Verdi. Solistas: J.Kaufmann, A.Harteros, R.Pape, B.Daniel, A.Smirnova, E.Halfverson, etc. Dtor. de escena: J.Rose. Dtor.musical: A.Fisch. 22-I-2012. Ópera de Munich.

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En plena crisis, casi todas las representaciones que ofrece la Ópera de Munich tienen agotadas sus entradas, y para el primer día de venta de su Festspiel hay una cola desde hace siete días. Relato como anécdota el diálogo mantenido con un espectador madrileño. Comentaba a la ocupante de la butaca contigua: «Vengo aquí porque en Madrid nos ha echado del teatro el nuevo director». Sonriendo, me volví en defensa del Real: «No se queje tanto que el próximo año tendrá tres Mozart, dos Wagner, un Verdi y un Puccini», a lo que el indignado aficionado respondió: «Será porque alguien le ha retorcido el pescuezo a Mortier». Textual.

Munich presenta para «Don Carlo» un reparto difícilmente superable que ha atraído la atención de todo el mundo operófilo y deja claro que en la ópera manda la voz. Cierto que ninguno de los cantantes estaría en mi reparto ideal –Corelli, Caballé, Christoff, Capuccili y Verret–, pero los cinco intérpretes principales cantaron «a la antigua», exhibiendo caudales vocales difíciles de escuchar actualmente y, en el caso de Anja Harteros, combinando una impecable línea de canto, una técnica perfecta y una voz totalmente adecuada a la parte. Es artista casi desconocida en España y de las mejores que pisan los escenarios. René Pape está dotado de un instrumento de calidad y amplísimo volumen, que impacta en escenas como la del «Auto de fe» si bien hay quien, como Furlanetto, canta el aria de forma más convincente. Tanto el barítono Boaz Daniel como la mezzo Anna Smirnova lucieron más poderío vocal que matiz, pero con ese arma la segunda apabulló en el «O don fatale». Jonas Kaufmann es el tenor más interesante hoy día. Tiene voz, presencia, corazón, técnica... De ahí su éxito. Ahora, quizá ya no sea el infante el papel más idóneo para el timbre de tenor heroico, casi baritonal, que ha desarrollado, y ello se percibe en los pianos del dúo final con su madrastra.

El conjunto, con un acompañamiento orquestal eficaz de Asher Fisch, provoca la «standing ovation» en incontables salidas individuales, a dúo, en trío y en conjunto que superan los veinte minutos. Ello al margen de la oscuridad de una producción a base de suelo, techo y tres paredes negras con un enorme Crucificado inclinado sobre una de ellas, que sólo desaparece en el «Auto de fe» y que se ilumina justo cuando no deberían, durante el dúo Rey/Gran Inquisidor, lo que perjudica su sombría atmósfera. No importó: primaba la propia música y la voz.