Novela

Conservado en vinagre

La Razón
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Nuestro tiempo ha desdibujado las edades a las que uno debe ser considerado oficialmente viejo. Y a su vez, ha extendido la juventud, al punto que un estudiante puede descubrir de súbito el siglo en el que nació cuando, a la salida de una botellona, sea transportado hasta las puertas de un geriátrico. Este concepto flexible de la edad, que estará patrocinado por la moda de los grandes almacenes, tiene su acepción cruda en aquellas palabras de Bernard Shaw: «El hombre es una entidad sumamente compleja, que ya está decayendo por un lado cuando aún no ha adquirido por otro todo su desarrollo. A los 22 uno es viejo para jugar al escondite y no ha adquirido la respetabilidad necesaria para que lo hagan ministro de la Corona». Llamado al recambio, los enemigos de Rubalcaba lo emboscan tratando de ahorcarle para las próximas generales con la fecha de su carné de identidad. A Pajín, sus adorables y calvos colegas, la han pasaportado porque su párvula boca, que decía el bolero, ha desmentido obstinadamente que pasados los treinta años una no pueda ser considerada más que una becaria en la organización del partido. Ha cumplido sus dos ejercicios de prácticas y como premio de consolación la han hecho ministra de Sanidad. Enfrentado a su retrato ministerial, Rubalcaba tiene la misma cara que hace veinte años, salud a Dorian Gray. Está un poco más enjuto y cetrino porque debe conservarse en vinagre. Mejor que lo ataquen con dientes de ajo y agua bendita.