La Infanta la más elegante

La Razón
La RazónLa Razón

En este balance echo en falta a Terelu, Belén Esteban y la novia de Paquirrín. Uno tiene estas debilidades. Ha sido la distracción de este fin de semana, menudo repaso. Como cada primero de año, la lista de elegantes, cada vez con mayores y menos claras ramificaciones –alguna apesta a comercialidad publicitaria– pone sobre la mesa social el balance de nuestras mujeres más importantes. Si antaño en el mundo internacional semejante refinamiento era prácticamente inamovible y siempre se manejaban los mismos nombres –la Windsor, Mona Bismarck, actualmente Lynn Hayatt o Rania de Jordania con el recuerdo de Audrey o Marella Agnelli–, España es diferente. Cada enero trae sorpresas, nombres inéditos. Quizá la principal novedad es que «¡Hola!» continúa con su campaña glorificadora de la primogénita del Rey. Y, aunque en el aniversario de su Majestad no vistió muy allá con un Lacroix que, sin embargo, era una lección de alta costura, nadie podría olvidar su comparecencia de noviembre en los premios Telva, ya a punto de confirmarse la ruptura primero vendida como un paréntesis en la convivencia marital. Se olía la tragedia, todavía veo el gesto sombrío de Marichalar. Sólo había que observar la displicencia y distanciamiento que la Infanta Elena prodigó en tan fastuosa velada.

Vuelta a la informalidad

De «patito feo» a ser la más, cosas veredes, porque hasta que el entonces ilusionado Don Jaime irrumpió en su vida y con constancia alcanzó un matrimonio apenas deseado por ella, era más bien desmañada y nunca parecía preocuparse de su indumentaria. Incluso heredó y lució más de un traje desechado por Doña Sofía convenientemente arreglado. Daba una imagen deportiva, juvenil y nada obsesionada por su aspecto. Poco a poco, aconsejada por su ya marido, empezó a tener aciertos. Sorprendió en el enlace de su hermana Cristina, en el que lució un enorme pamelón. Ahí comenzó la sofisticación actual. También abandonó la emblemática trenza con broche perpetuo por moños altos y rizos que aliviaban su casi siempre duro gesto. Tras dejar el domicilio conyugal retomó la informalidad. Se puede comprobar en los momentos en los que lleva a los niños al colegio.

En segundo puesto, algo increíble, una Penélope Cruz siempre elegante «de prestado». Nadie lo imaginaría. Y es que a veces valoran más la popularidad que la verdadera exquisitez de la que Nati Abascal, «forever Nati», siempre es protagonista. Pasan los años y hay que ver cómo epata, deslumbra y pasma en sus salidas a Nueva York y París, dos capitales básicas en el buen vestir. La personalidad de Nati ha creado un estilo muy propio –como ese brazo derecho en el que junta un Rolex enorme con una decena de pulserones–, inimitable y tan reconocible. Con ellas aparece la impagable Rosario Nadal, una Paloma Cuevas que en 2007 no se exhibió mucho al quedarse embarazada, la profesionalidad de Nieves Álvarez, el oportunismo de Genoveva Casanova, la Princesa de Asturias siempre despistando y una Sonsoles Espinosa con un tipazo excepcional. Churras con merinas.