Las librerías ponen un pie en la Luna

De momento son tres títulos. Y los que vendrán. Las editoriales celebran por todo lo alto los 40 años de la llegada del hombre a la Luna. Buena lectura de verano.

Fue un salto de gigante para la Humanidad. De acuerdo. Pero pudo haberse quedado en un gran tropezón para los tres por culpa de un cacharro, el Apolo 11, que a duras penas habría pasado la ITV ante un examinador mínimamente retorcido. El escritor Dan Parry no se anda con eufemismos: «Era la nave espacial tripulada más frágil jamás construida». Se posó a 4,8 kilómetros del punto ideal de alunizaje, con comunicaciones entrecortadas y con combustible para apenas 30 segundos más de vuelo. Por eso –sostiene Parry– en aquel momento a Neil Armstrong poco le importaba si las rocas que encontraría debajo eran grises o marrones, sino más bien cómo conseguir, sin un taller concertado en 384.400 kilómetros a la redonda, que la nave tomara tierra sin sufrir ningún daño.«Una historia real»Cuarenta años después de la llegada del hombre a la Luna –el 20 de julio de 1969–, las editoriales se vuelcan en desmenuzar hasta el último detalle del pequeño paso/gran salto más famoso de la Historia. De momento son tres los volúmenes que llegan a las librerías, con títulos que van al grano desde la misma portada: «Luna», de Scott L. Montgomery (Círculo de Lectores); «Lunáticos», de Andrew Smith (Editorial Berenice) y «Objetivo: la Luna», de Dan Parry (Planeta). Cada uno aporta una nueva visión de esa «irresistible historia real», como la define alguno, destinada al público al que aún le seduce la gesta de Neil Armstrong, Edwin Aldrin y Michael Collins. Con la excepción, por supuesto, de aquellos que aún piensen que la superficie lunar era un plató a las afueras de Hollywood, la bandera americana la prehistoria del photoshop y Jesús Hermida un compinche a sueldo de la NASA.Uno de estos libros, «Objetivo: la Luna», sale hoy mismo a la venta. Su autor, Dan Parry, periodista de investigación de la BBC, ha buceado durante años en los archivos oficiales, ha consultado información inédita y ha vuelto a entrevistar a muchos de los protagonistas de aquella gesta. A tenor de lo que cuenta Parry, en aquellos dramáticos minutos los tres astronautas habrían dado una fortuna por poder disfrutar en el salpicadero del Apolo con el más elemental de los navegadores «TomTom»: «No había plataformas de aterrizaje en la Luna, ni personal de tierra que lo guiase en el descenso; 15.000 metros más abajo no había más que un área sin cartografiar plagada de rocas y cráteres, y que se creía que era un poco menos peligrosa que otras áreas sin cartografiar (...). Había poco margen para errores».En aquellos momentos, volver a casa y pronunciar la frase más famosa de la Historia eran las dos grandes preocupaciones de Armstrong. Las logró las dos, aunque de aquella manera. Será por los nervios del directo, o por aquello de que no todos los días planta uno sus reales en la Luna, pero lo cierto es que Armstrong se había preparado la frase «es un pequeño paso para un hombre», o sea, para él. La cosa se quedó en «el hombre». Y así ha pasado a la Historia.El triste final de los héroesUna visión más general ofrece Scott L. Montgomery en «Luna» para demostrar que el viaje de Armstrong, Aldrin y Collins no era más que la consecuencia inevitable de la atracción que, desde Julio Verne o H.G.Wells, ha ejercido el satélite de la Tierra sobre la Humanidad. Y con una advertencia: la carrera a Marte ya ha comenzado.Para completar el recorrido y cerrar esta involuntaria «trilogía», el estadounidense Andrew Smith repasa cómo viven aquellos astronautas que alguna vez pusieron un pie en la Luna. El título del libro –«Lunáticos»– no es casual: uno de ellos se dedica a pintar siempre el mismo cuadro. Otro compone canciones country sobre el alunizaje al más puro estilo Dolly Parton con escafandra. Hay quien ha coqueteado con extrañas religiones de dudosa reputación, ha sufrido problemas psiquiátricos o se ha dado a la bebida. El mismo Aldrin tuvo problemas con el alcoholismo y la depresión porque se sentía, tal y como ha reconocido, «como una inerte pelota de ping pong que fue bateada por los caprichos y las motivaciones de los demás». «¿Por qué todos los que han vuelto de la Luna se sienten como alienígenas?», se pregunta en su libro Smith. Será porque sabemos lo que ocurrió dentro de las naves, pero no en las cabezas de sus tripulantes.

Toneladas de basuraBuenas noticias para los románticos de la Luna. Después de tantos años, la NASA se ha tomado ya en serio el regreso al satélite de la Tierra, con un viaje programado para dentro de una década. Los afortunados que vuelvan allí se darán cuenta de que la bota de Neil Armstrong no es la única huella que ha dejado el hombre. En su búsqueda de rocas lunares, la NASA dejó 118 toneladas de material de desecho sobre la superficie lunar, incluidas todas las sondas Ranger, Surveyor y Lunar Orbiter, que ya no las necesitaba, así como trozos de cohetes Saturno impactados allí a conciencia o la base Tranquilidad, que permanece hoy como estaba en 1969. Y no sólo eso. Como recuerda Dan Parry, sobre el polvo lunar están los cubrebotas de los astronautas, las bandejas de comida que usaron y, cómo no, la bandera americana.