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Nancy Cunard la musa justiciera

Lois Gordon publica la biografía de una mujer que inspiró a los principales artistas de la vanguardia europea y que luchó contra el racismo

  • Nancy Cunard, la musa justiciera
    Nancy Cunard, la musa justiciera
Barcelona.

Tiempo de lectura 4 min.

04 de enero de 2009. 23:27h

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Barcelona. 5/1/2009

Para Lois Gordon, autora de la biografía «Nancy Cunard. Rica heredera, musa, idealista política» (editorial Circe), no hay duda de que su biografiada «fue una de las mujeres más originales del siglo XX y tal vez de todos los tiempos». Tal frase va cobrando sentido a medida que se avanza en este libro en el que se descubre, verdaderamente, a un ser humano extraordinario, por sí mismo -«su deslumbrante belleza, su inteligencia y sus dotes de seducción»- y por todos aquellos con los que se relacionó. Pocas vidas tan rutilantes e intensas como las de Nancy Cunard, inmortalizada con sus habituales brazaletes por el fotógrafo Man Ray; «rica heredera» que «abandonó la vida propia de una señorita de la alta sociedad por la batalla permanente contra la injusticia social»; «musa» de «grandes escritores de la época, entre ellos tres premios Nobel»; «idealista política» que, sensibilizada por el racismo en EE UU a partir de una relación con un hombre negro, pianista de jazz, «publicó ¿Negro¿ (1934), obra descomunal que se convirtió en el primer estudio amplio de los azares y conquistas de los negros en el mundo». Promiscua y librepensadora Gordon presenta de esta forma a Cunard, que además desarrolló una amplia obra como poeta, traductora e incluso editora (fue la primera en publicar a Samuel Beckett, por ejemplo), y hasta trabajó como voluntaria y periodista en la Guerra Civil Española. De haberlo deseado, hubiera podido ser reina, pues el príncipe Eduardo la llegó a pretender, pero Cunard haría de la libertad su seña de identidad más clara: bohemia, promiscua, impredecible, librepensadora como su propia madre y el gran amigo de ésta, el escritor irlandés George Moore, que a la vez se convertiría en mentor intelectual de la pequeña Nancy, que pronto convirtió su existencia lujosa en la plataforma para sacarle todo el jugo a una realidad cambiante. Así, el Londres de las fiestas, el alcohol, el grupo de Bloomsbury -hasta la propia Virginia Woolf sintió celos de Nancy cuando vio cómo la trataba su marido Leonard, que le publicó un libro- pasó a un segundo plano con la Gran Guerra, y fue entonces cuando París se convirtió en el centro del mundo. Si en Inglaterra había conocido a T. S. Eliot, del que habló muy mal por sus opiniones racistas y antisemitas, y a Ezra Pound y a Lyndham Lewis, con los que tendría una intensa relación amorosa, en Francia, Cunard se vinculó a los círculos intelectuales y tuvo amoríos con Tristan Tzara y Louis Aragon, inició su colección de obras de arte surrealistas y dadaístas, y hasta se convirtió en icono de la moda y en objeto de la prensa rosa. «Negrófila» Fue en aquellas fechas, coincidiendo con los espectáculos de Josephine Baker, cuando «Nancy se labró fama de «negrófila» o adicta a la cultura negra, ávida coleccionista de escultura y pintura africanas», apunta Gordon. Nada en el campo de las letras o las ciencias sociales fue ajeno a Cunard, que trasladó el trabajo de Freud a sus propias teorías sobre el inconsciente. Aun sintiendo las secuelas morales de la Primera Guerra, Cunard se comprometió con la denuncia de los falsos sueños y nulos valores a que había dado lugar», pensamiento que no abandonó jamás. No es de extrañar que un carácter semejante -su reverso fue cierta tendencia a la depresión, como se lee en sus diarios- fascinara de continuo a tantos hombres y mujeres.

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