Hitchcock, menudo pájaro

Un «biopic» cuenta el rodaje de «Psicosis» y muestra su relación con Alma Reville, su mujer

Alfred Hitchcock vivía en un matrimonio doble: el que mantenía con su mujer y el que había contraído con el cine.

Alfred Hitchcock vivía en un matrimonio doble: el que mantenía con su mujer y el que había contraído con el cine. Una pasión híbrida de la que surgió un filme de terror, por el que nadie daba nada y que cambió la historia del género. Hombre temperamental, de grandes obsesiones (que no se molestó en ocultar en sus películas) y consciente de un talento innato para las diferentes exigencias del séptimo arte, Hitchcock devoró lo cinematográfico hasta convertirlo en una prolongación de su personalidad, de sus temores, fantasías, manías y obcecaciones, que no eran pocas precisamente. Un afán en el que trabajó hasta imprimir a sus obras una identidad propia, un sello que nadie había logrado hasta ese instante: manipular el tiempo de las películas. Un clímax al que se denominó suspense, una palabra vinculada a él desde entonces. ¿Pero dónde reside el suspense? Entre otros asuntos, en el montaje. Y quien le ayudó en esa tarea fue su mujer, Alma Reville.

Genio compartido

Anthony Hopkins encarna al maestro en la película de Sacha Gervasi que lleva su nombre. Un «biopic» que recuerda el rodaje de «Psicosis». Cuando el cineasta frisaba los sesenta y todos pensaban que había dado lo mejor, él se desmarcó con la adaptación de una novelucha «entretenida» sobre un loco y su madre muerta y momificada. Este filme enseña las entretelas del rodaje –con el juramento que les obliga a hacer a los protagonistas y colaboradores para que no revelaran ningún secreto del guión (al que le faltaban las últimas páginas)– y elabora una radiografía de la pareja Hitchcock-Reville. El acierto de esta película es mostrar que el genio del cineasta también provenía de su mujer –interpretada por Helen Mirren–.

Con un guión irónico, salpicado de mordacidades, Gervasi muestra al público las interioridades de «Psicosis». Desde la contratación de la exuberante Janet Leigh (encarnada por Scarlett Johansson por evidentes razones) y el empeño por sacrificar a la actriz principal en los minutos iniciales del metraje; conseguir financiación para un título por el que no apostaban ni los perdedores; la batalla por sacar adelante la célebre escena de la ducha (un verdadero mito del erotismo y del terror: más de un espectador perdió la tranquilidad propia de este ritual del aseo al ver el filme), y cómo, al final, su mujer tiene que intervenir para ayudar en un proyecto que amenazó con quedar varado en los escollos. Pero es mostrar la relación dependiente y creativa que Hitch-cock mantenía con su esposa el verdadero objetivo de esta cinta. A pesar de aparecer las debilidades «rubias», que rozaban el fetichismo, del autor de «La ventana indiscreta»; su inclinación por la parte más sombría del género humano, y cómo cultivaba su lado público, el empeño es sacar a la luz a Reville, que, según este filme, casi es cocreadora del legado del genial director, una parte del «Alma» de sus trabajos.