Las protestas dan esperanzas a una dividida izquierda en Francia

Las movilizaciones contra la reforma de las pensiones de Macron galvanizan a una oposición atomizada y desnortada desde la debacle electoral socialista

Pasajeros resignados esperan en los andenes de la parisina Gare de Lyon tras 25 días de huelga de transportes/AP
Pasajeros resignados esperan en los andenes de la parisina Gare de Lyon tras 25 días de huelga de transportes/APMichel EulerAP

Francia se adentra en su cuarta semana funcionando a medio gas con una huelga ininterrumpida de transporte que bate récords y un pulso cada vez más incierto entre sindicatos y Gobierno por la controvertida reforma de las pensiones. Un escenario que ha hecho posicionarse a toda la oposición a Macron, hasta ahora bastante desdibujada. La izquierda gala, que está en mínimos históricos desde que Hollande dejase el poder, intenta resurgir de sus cenizas impulsada por la movilización que estos días hay en las calles.

Las protestas por la reforma de las pensiones son un elemento catalizador para nebulosa de siglas que se aglutinan en la izquierda, desde los socialistas hasta la Francia Insumisa de Mélenchon pasando por los Verdes y por una infinitud de partidos filocomunistas. Todos intentan asomar su cara y ganar protagonismo en esta revuelta, aunque en realidad, el único que claramente ha ganado ese capital hasta el momento es el líder sindicalista Philippe Martínez, de la CGT, que se muestra como la verdadera «bestia negra» del Gobierno. Las pensiones ofrecen a la dividida izquierda francesa una poderosa causa común: la defensa del Estado del Bienestar ante un presidente que tachan de neoliberal. Que de todo ello salga un líder empoderado para plantar cara a Macron ya es otra cosa.

Este intento de unos y otros líderes de izquierda por ganar protagonismo contrasta con los momentos mas álgidos de los «chalecos amarillos», que dominaron la actualidad durante buena parte del año, que carecía de líderes y que desconcertó completamente a toda la izquierda que no lo vio venir ni supo cómo posicionarse ante el fenómeno. Ahora las cosas han cambiado. Con la estructura sindical en primera fila del movimiento, los políticos tienen más referentes para su posicionamiento, pero también más competencia para ganar protagonismo en la calle.

La gran novedad en este sentido es la irrupción del Partido Socialista en la calle. Este hecho supone certificar la ruptura definitiva con el PS de Hollande, mentor de Macron y que puso en marcha algunas de las reformas plebiscitadas por el actual presidente. Olivier Faure, jefe del PS, pide retirar la reforma, una posición que le sitúa más allá del sindicato tradicionalmente cercano a su partido, la reformista CFDT. El viraje del PS a posiciones más izquierdistas llega tras una serie de resultados preocupantes en las últimas citas con las urnas. En las elecciones europeas de mayo, el partido que se turnaba con los conservadores en el poder en Francia obtuvo un raquítico 6,2% de votos.

Faure tiene una complicada idea en mente: converger con otras formaciones de izquierda, con los desencantados de Macron y, sobre todo, con Los Verdes en una nueva plataforma política progresista. Pero los Verdes, que casi llegan al 14% en las europeas convirtiéndose en el primer partido del espectro progresista en Francia no van a poner fácil replegarse ahora a su socio natural.

Pero la oposición a Macron no solo intenta ganar protagonismo por a izquierda, también por la derecha y especialmente por la extrema derecha. Marine Le Pen pretende consolidarse como única alternativa a Macron de cara a las presidenciales de 2022 y ante los intentos de la izquierda de ganar protagonismo en las protestas contra la reforma de las pensiones, la líder ultraderechista lleva semanas subiendo el tono. Le Pen considera que el Gobierno ha tomado «como rehén» al pueblo francés en Navidades y pide la retirada del texto y que se celebre un referéndum nacional sobre una «decisión social» tan importante.

Mucho más complicado es el papel de la derecha tradicional, en plena transición tras los fiascos de sus últimos líderes y que tradicionalmente siempre ha considerado esta reforma como una de las grandes tareas pendientes del Estado francés. Los conservadores no apoyan la huelga, pero critican al Ejecutivo por sus métodos. Críticas a la forma que se antojan difíciles de hacer en cuanto al fondo, y la prueba es como Aurelien Pradié, su secretario general, explicaba días antes de conocerse las líneas de la reforma sus propuestas para reformar las pensiones: suprimir los regímenes especiales y fijar en 64 años la edad de jubilación. Justo lo que enfrenta a Macron con los sindicatos. Varios cargos del partido e incluso editorialistas conservadores llevan semanas haciendo la crítica desde otro ángulo: el de las sucesivas concesiones que el Ejecutivo ha ido haciendo y que, a sus ojos, terminará por descafeinar la reforma. El editorial de cabecera del diario conservador «Le Figaro» del pasado fin de semana criticaba que el Gobierno estuviese vaciando de contenido poco a poco la reforma a través de concesiones con tal de hacerla pasar como fuese. Para el rotativo, la presión en la calle estaría provocando un desmantelamiento de la reforma que la transformaría en ineficaz e injusta, al contrario de lo que el Gobierno intenta mostrar.

Sin duda, las posiciones de equilibrista que tiene que hacer la derecha para criticar al Gobierno reivindicando al mismo tiempo la necesidad de la reforma dificultan su posicionamiento en esta crisis frente a Le Pen y a los intentos de unión de la izquierda.