Un confinamiento en ultramar (LXIII): Las noches del mundo

En China, en Rusia, las autoridades ofrecen datos que no se cree nadie. Los zares de las satrapías orientales manejan estadísticas a su antojo

Una mujer pasa frente a un muro en Brooklyn en memoria de las víctimas del coronavirus
Una mujer pasa frente a un muro en Brooklyn en memoria de las víctimas del coronavirusMark LennihanAP

El rey de los virus contemporáneos nos cogió de la hombrera mientras una punta de «playboys», golfos, macarras y chulos gestionaba la crisis desde las instituciones como quien juega a los bolos. En EEUU, Donald Trump, ludópata del tuit, jugador de fortuna, que fue emperador de las cloacas catódicas, recibió la pandemia con grandes risotadas. El problema era de la prensa, que encabrona, o de los demócratas, que aspiran a que Washington DC sea Pyongyang.

Otro que tal, Pedro Sánchez, culpa a la oposición, trifachita y olé, de los peores números posibles, contagios y muertes per cápita, devastación de la profesión médica y destrucción económica. Los tahúres, aprendices de autócrata, llegaron al cargo convencidos de que solo merecen halagos. Creyeron que su cara bonita les permitiría reducir a escombros cualquier conato de juicio, cualquier censura.

Trump ha llevado su penúltima escaramuza hasta Twitter, al que aspira a crucificar; los españoles necesitamos de un plante de los periodistas para que las ruedas de prensa del Gobierno no dieran (tanta) vergüenza. Tampoco se quejen. Pudo ser peor. En China, en Rusia, las autoridades ofrecen unos datos que no se cree nadie. Los verdaderos caciques, no los meritorios occidentales sino los zares y emperadores de las satrapías orientales, manejan estadísticas con la misma soltura que varean a una prensa amordazada o envían a sus críticos al desolladero.

Digan lo que le digan lo cierto es que el mundo ha alcanzado los 5,8 millones de positivos de coronavirus, 360.000 muertes. Hubo países que reaccionaron a tiempo, como Corea del Sur, y otros, como Brasil o México, que aplicaron la filosofía del cuanto peor mejor, caso del siniestro Bolsonaro, o redujeron las medidas de contención al detente bala y las estampitas milagrosas. En Nueva York, desde donde escribí esta serie, la escabechina atroz dejó decenas de miles de muertos y contagios. Las morgues, los crematorios y los cementerios no podían acoger tanto muerto y hubo fiambres tostados al sol de Brooklyn en un camión no refrigerado, fosas comunes en una isla a orillas del Bronx, llamadas de socorro del alcalde, Bill de Blasio, y unos mítines del gobernador, Andrew Cuomo, que sirvieron para convertirlo en estrella de los magazines matutinos y presidente in pectore.

Lo peor ha pasado, dicen, aunque en no menos de una docena de estados los casos, lejos de disminuir, todavía crecen. El modo de vida americano, la canción del suburbio, la incomunicación de las parcelas de adosados y los supermercados de las afueras frenaron la epidemia del mismo modo que el bullicio, el transporte público, los turistas y los callejones de Manhattan o Queens contribuyeron a dispararla. Estamos ante una enfermedad que odia el contacto.

No sorprende que los cursis hayan aprovechado para diagnosticar el fin del amor. A falta de sentenciar el capitalismo, al que dan por muerto varias veces por década, sancionan la desaparición de los abrazos, las conversaciones y los besos. Todo esto mientras en Uttar Pradesh, en el norte de India, unos monos han robado las muestras de sangre de varios pacientes sospechosos de Covid-19. Leo que los macacos atacaron al asistente del laboratorio del hospital Lala Lajpat Rai Memorial. Le tangaron los tubos de ensayo.

Como afirma David Quammen, autor de «Ébola» y de «Contagio», dos libros sobre los virus, la explicación de que hayamos erradicado la viruela y estemos cerca de lograrlo con la polio radica en que los respectivos virus no pueden esconderse en reservorios animales. «Vacunar a millones de humanos es algo poco costoso, fácil y tiene una eficacia permanente», explica el autor, que añade que «el poliovirus no tiene dónde ocultarse. No es zoonótico», mientras que «los patógenos zoonóticos sí pueden esconderse.

Eso es lo que los hace tan interesantes, tan complicados y tan problemáticos». El coronavirus lo es, seguramente nació en un murciélago, y aunque todavía no tengamos claro cuál fue el paso intermedio, vuelve a la jungla gracias al secuestro de un comando de monos gamberros. Igual que los agoreros y los apocalípticos hablan de un mundo descalabrado durante varias generaciones, los optimistas y los sobrecogedores de sueldos de los gobiernos pronostican un verano de mieles y un otoño con la vacuna. Desconfíen. Es muy probable que al volver el frío regrese también el virus, y que las noches del mundo vuelvan entonces a colmarse de monstruos.