La (trum)pa del elefante sigue hacia arriba

El trumpismo resiste y mantendrá con las filas apretadas a los republicanos

Dos seguidores del partido Republicano, ayer en el aeropuerto de Avoca, Pensilvania, durante la jornada electoralGene J. PuskarAP

Trump sabía, desde hacía décadas, que su aspiración a alcanzar a la presidencia de EE UU solo podría hacerse realidad si se postulaba por el Partido Republicano. Y lo hizo en un momento clave: cuando estaba más dividido. Su nominación oficial se hizo efectiva compitiendo con 16 candidatos republicanos más, por lo que enseguida logró convertirse en el favorito con su estilo populista y rompedor.

El trumpismo ganó las elecciones y arrasó entre los republicanos. El más ruidoso y el que decía lo que pensaba se convirtió, de la noche a la mañana, en el líder absoluto de un partido conservador carente de consistencia. Mientras todos se peleaban entre ellos, Trump iba ganando terreno peleándose con los demócratas. Sus acusaciones personales contra el entonces presidente Barack Obama al poner en duda su origen estadounidense dieron la vuelta al mundo y lo posicionaron, con titulares informativos, como su adversario directo.

Al salir victorioso de su batalla electoral contra la demócrata Hillary Clinton en las elecciones de 2016, Trump le dio un giro radical al Partido Republicano. Por primera vez, un presidente de Estados Unidos sin ningún tipo de experiencia previa en el cargo y con métodos políticamente incorrectos se hacía con el liderazgo de la máxima representación conservadora del país.

Pero hablar del Partido Republicano, también conocido como GOP (Grand Old Party), es remontarse a los inicios de la historia de Estados Unidos. Fue el primer partido que abanderó la unidad nacional, apoyó la reforma económica y la abolición de la esclavitud, alcanzada finalmente en 1865. Y Abraham Lincoln su primer presidente. Desde entonces, ha habido un total de 19 mandatarios «de color rojo», contando con el actual presidente Trump. Los republicanos han ganado 24 de las últimas 40 elecciones presidenciales.

Tras las elecciones de 2016, los conservadores mantuvieron la mayoría en el Senado, en la Cámara de Representantes y en las gobernaciones, además de ganar la presidencia. El Partido Republicano controlaba 69 de las 99 cámaras legislativas estatales un año después de las elecciones, la mayor cantidad que había obtenido en la historia. También otras 33 gobernaciones, la mayor cifra desde 1922. GOP tenía el control total del gobierno (tanto la cámaras legislativas como la gobernación) en un total de 25 estados, lo que supuso otro récord histórico desde 1952.

Precisamente ese contexto avaló el liderazgo del nuevo «fenómeno Trump», que llegaba pisando fuerte a un partido fragmentado con multitud de voces silenciadas. Y Trump consiguió que sus compañeros de partido de todas las esferas políticas (desde gobernadores, senadores y congresistas, a representantes estatales y locales), mantuvieran un bajo perfil dentro y fuera del partido, facilitando gratamente su propia gestión.

Muy pocos republicanos en primer línea política se han atrevido a llevarle la contraria. Uno de los valientes ha sido el ex candidato republicano presidencial en 2012 y actual senador por Utah, Mitt Romney. Fue el único que votó contra Trump en su impeachment.

La mayoría de los conservadores a los que Trump no ha convencido están ya retirados o él mismo ha forzado su salida. Sonados despidos como el de su asesor de Seguridad Nacional, John Bolton, han puesto en entredicho la gestión del actual presidente y su capacidad de gobernar con responsabilidad desde el Despacho Oval. Bolton aseguró en entrevista para LA RAZÓN, que cuatro años más de mandato del presidente Donald Trump serían «irreparables».

Otra sorpresa en plena campaña electoral fue la aparición del exgobernador de Ohio y precandidato presidencial republicano en 2016, John Kasich, en la Convención Demócrata virtual para apoyar a Biden. También Tim Miller, ex director adjunto de Comunicaciones del CNR y parte de la campaña presidencial de Jeb Bush en 2016. Y Sarah Longwell, Mike Murphy o Bill Kristol.

En la actualidad, el debate interno se traslada a recuperar esa esencia con la que se forjaron sus cimientos. El Partido Republicano de Trump está en crisis por haberse centralizado en la figura de su mandatario quien, a su vez, se ha dedicado única y exclusivamente a impulsar su agenda personal. Sin un programa claro, pero con el apoyo incondicional de su base electoral y el silencio de la mayoría republicana.

Si el presidente Donald Trump gana la reelección, los republicanos mantendrán, con toda probabilidad, su bajo perfil como hasta ahora y por otros cuatro años más. Si pierde, la guerra civil del Partido Republicano estará garantizada.