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Diario de un éxodo

Primera parte del viaje que ha iniciado LA RAZÓN con un grupo de refugiados desde Atenas, el punto de partida de la llamada ruta de los Balcanes, hasta Berlín. Nos unimos a los cientos de personas que desde allí ponen rumbo cada día a Alemania.

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Desde hace meses, miles de personas emprenden a diario la huida hacia el rico norte, hacia el próspero y seguro corazón de Europa. Es a la vez el viaje de la desesperación del que nada tiene que perder y el sueño de una nueva vida para quienes lo han perdido todo. Nos unimos a un grupo de esos seres anónimos en Atenas para formar parte del éxodo de los que desde Afgnanistán, Siria, Irak, ya han cruzado Turquía rumbo a Alemania.

Atenas-Idomeni

Siete kilómetros de amanecer en un campo de girasoles

«60 euros». «No, 55». «Bueno, lo dejamos en 50 euros». Ése es el precio final del autobús desde Atenas hasta Idomeni, en la frontera con Macedonia. En una calle del centro de la capital helena, llena de restaurantes árabes, estacionan varios autocares y decenas de personas aguardan su turno. «En un día pueden salir hasta 30 autobuses», nos cuenta el hombre con el que hemos regateado. En la media hora que esperamos vemos salir tres.

Una vez en el interior, urdu, farsi, árabe y kurdo se mezclan con el hedor y el perfume de los ocupantes, cada cual según el tiempo que haya pasado a la intemperie o en hoteles de Atenas. El joven iraquí que viaja en el asiento de al lado nos ofrece una galleta. «En este viaje todos somos amigos», asiente sin preguntar de dónde vengo. Ocho horas dormidas de trayecto hasta llegar a la última estación de servicio griega antes de la frontera. Todavía no asoma el alba, pero el grupo, junto con los recién llegados de otros autocares, comienza a caminar campo a través.

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Amir reza y le da un beso a Toga. «No creo demasiado en Dios, pero lo vamos a necesitar», asegura. Ambos jóvenes huyeron de Damasco ante la amenaza del Estado Islámico, porque «ya no puedes estar seguro en ningún sitio». Según esta pareja siria, el EI tiene una red de mafias extendida por todo el territorio sirio, donde perpetra asesinatos y secuestros.

Con la mañana, el sol empieza a bañar los campos de girasol que atravesamos y algunos se paran para quitarse la chaqueta. Los más rezagados son las familias con niños. Entre ellas, la de Alá, que carga en su pecho a Haja, un bebé de cuatro meses, y coge de la mano a su otro hijo, Ahmed, de tan solo tres años, y que a cada rato se despega para jugar con alguna piedra. Al encontrar la vía del tren –señal de que la frontera está cerca–, a Alá se le iluminan los ojos. Después de siete kilómetros recorridos a pie, el sudor cae de su nariz en un goteo constante, empapando la cabeza de Haja. Este sirio aguantó todo lo que pudo en Alepo para no verse obligado a recorrer esta larga travesía: «Quise quedarme hasta el último momento, pero ya no tenía nada. La guerra es la peor cosa del mundo». Su familia pagó 1.200 euros por subirse a una lancha de seis metros con 40 personas más a bordo y con destino a la isla griega de Mitilini. Por el bebé no les cobraron nada; por el pequeño Ahmed, la mitad.

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Idomeni, frontera griega con Macedonia

Las primeras aglomeraciones

El grupo se detiene unos metros antes del tumulto que forman unos 500 inmigrantes y refugiados que se aglomeran justo en frente del control fronterizo. Los padres abren sus mochilas para dar a sus hijos un bollycao, que devoran en pocos segundos. Los mayores comen pipas que han recogido de los girasoles. Y Hamzel, un joven de sonrisa fácil, anima al personal con sus bromas.

Necesitamos formar un grupo de 25 personas para que nos entreguen un número que indica nuestro turno. La Policía griega ha colocado una valla para ordenar el paso fronterizo, pero la confusión es inevitable: empujones y gritos de protesta porque alguien se ha colado, codazos... hasta que llegan varias unidades de antidisturbios.

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El polvo que se levanta molesta en los ojos a los más pequeños. Algunos lloran para desesperación de sus padres, que bastante tienen con no perder de vista a su corro. Conseguimos cruzar el control junto al grupo número 20 haciéndonos pasar por sirios. La espera puede prolongar hasta diez horas. Un agente nos cuenta que dejan pasar a 25 personas cada media hora. Una vez en territorio macedonio, caminamos unos 500 metros hasta un campo de refugiados improvisado que acaba de instalar en mitad de un descampado el Gobierno macedonio con la ayuda de Acnur y otras organizaciones. En ese corto camino, varios vendedores nos ofrecen tabaco, agua, refrescos... a precio de oro.

Gevgelija, entre Grecia y Macedonia

Nueva espera para subirse a un tren

Delante del campamento, volvemos a esperar junto a nuestro grupo. Unos a la sombra de las tiendas, otros a pleno sol. A estos últimos, especialmente a los más jóvenes, la Policía macedonia les obliga a recoger los escombros del lugar al grito de «¡Go!» (¡Vamos!).

Debajo de una de las lonas hablamos con Rezal, un kurdo con la pierna escayolada, que partió de Kobanie, al norte de Siria, hace dos semanas. «Mi familia y el grupo me ayudan a avanzar más rápido, pero el dolor es insoportable». A Rezal le hirieron durante los combates entre las milicias kurdas y el Estado Islámico y pasó varios meses en un campo de refugiados de Turquía.

Una historia muy parecida a la de otros miles de sirios como Hamid, que también reposa junto a sus hijos: Mohamed, de tres años, Natary, de cuatro, Yumbur (nueve), y Hasna (diez). Nos los presenta orgulloso, mientras los más pequeños se suben a su regazo. Viajaron en una embarcación cargada con 40 adultos y diez niños. «Deberías haber estado en ese bote para sentir el mismo pánico», emplaza Hamid, quien reconoce que «al llegar a tierra, vimos la luz».

Los que no tienen hijos aprovechan para dormir durante la espera, que se puede alargar otras cuatro horas. Según la responsable de Emergencias de Acnur en la zona, Alexandra Krause, llegan tres trenes al día que trasladan alrededor de mil personas cada uno. De nuevo haciéndonos pasar por sirios, tomamos el tren de la tarde, que nos cuesta diez euros. Varios soldados, bien armadas, organizan las colas para subir al tren. Se repiten los bramidos de «¡Go!» mientras algunos jóvenes gritan eufóricos «¡Macedonia, Macedonia!».

En los vagones, las moscas se apartan para que nos sentemos. Hace calor y comienza a sentirse un fuerte hedor que sólo se mitiga cuando a los pocos minutos el tren arranca. Algunos se quejan porque tienen que ir de pie, a lo que un policía macedonio pregunta desafiante: «¿Entráis o os quedáis aquí?». Entran todos. El trayecto hasta la frontera con Serbia dura dos horas entre ronquidos y carcajadas. Atravesar un país se convierte en una etapa superada y, por tanto, es motivo de alegría.

Miratova-Preshevo, frontera serbia con Macedonia

Larga travesía a oscuras

En la última parada, una camioneta de la Cruz Roja aparcada con litros de agua y comida se vuelve un espejismo al que acudir corriendo para conseguir a empujones todas las bolsas posibles. En un minuto se terminan. Como si fueran autómatas, los centenares de personas del andén empiezan a caminar por un estrecho sendero. No nos damos cuenta de que ya estamos en Serbia hasta que vemos a varios agentes de la Policía de este país que nos vigilan.

Llegamos al enésimo campo de refugiados –esta vez con seis tiendas azul oscuro– cuando comienza a oscurecer. La mayoría se estira en el suelo con la mochila de almohada. El agotamiento es evidente. Algunos niños todavía con energía corretean sonrientes jugando al pilla-pilla. En medio de ese guirigay y escombros un hombre mayor saca una pequeña alfombra arrugada y comienza a rezar. El islam determina que el rezo debe practicarse en lugares limpios –símbolo de pureza–, pero a estas alturas eso ya no importa.

Uno de los jóvenes que nos ha visto haciendo fotos nos invita a sentarnos junto a él y sus amigos. Después de una charla, nos entrega una hoja. Es el permiso de tres meses que recibieron en la isla griega de Mitilini para salir del país. «A partir de ahora eres Food Kbalil, sirio del 1989. Yo con el pasaporte ya no necesito ese documento», afirma. La mayoría de los sirios son conscientes de que su nacionalidad está especialmente protegida en Europa y algunos se quejan de que afganos, pakistanís o iraquís se hagan pasar por sirios.

En ese campo nos retienen una hora, sin hacer absolutamente nada, ni siquiera atendernos en el puesto médico de Acnur, como reclaman algunas familias. Cuando ya es completamente de noche, nos dejan salir en desbandada. Tres mujeres preguntan a los guardias cómo vamos a caminar en esa oscuridad. «Todo recto», responden éstos sin dar más detalles.

Algunos de los refugiados usan sus móviles como linternas, pero a la media hora la batería se acaba y todo se vuelve negro. Entonces se empiezan a escuchar suaves cánticos. Una melodía que se funde con el canto de los grillos y el murmullo de la multitud. Es el sonido de la humanidad moviéndose, avanzando a ciegas por simple intuición. Al fondo se ven luces de casas, es el pueblo serbio de Miratovac. Por sus calles aguardan algunos vendedores con tabaco, agua y refrescos. También varios taxis, que sólo cogen a familias sirias, nada de paquistaníes o afgano. Los refugiados provenientes de Siria se lo pueden permitir. Ppertenecen a una clase media, adinerada en algunos casos, que contrastan con aquellos que huyen de la pobreza en sus países o que han tenido que desembolsar sumas mayores durante su trayecto por venir desde países más lejanos.

Preshevo, Serbia

Un atajo para evitar la espera

Hasta Preshevo, donde se encuentra la comisaría para el registro de los recién llegados, todavía nos quedan siete kilómetros, que recorremos iluminados por las luces de los taxis. Una vez en la ciudad, varios serbios nos ofrecen agitados un billete para alguno de las decenas de autobuses allí aparcados que tienen previsto partir hacia Belgrado. Si tenemos los papeles que entrega la Policía serbia, son 25 euros. De lo contrario, son 50.

La cola frente a la comisaría ocupa toda una calle de unos 200 metros de largo. Algunos duermen en el suelo, otros dejan sus mochilas atadas con un hilo para no perder su sitio y acampan un poco más apartados. Nos cuentan que llevan en esa fila más de un día. Después de varias horas de divagaciones, el grupo al que nos hemos unido desde la frontera serbia opta por coger un autobús sin esperar a recibir los papeles.

«El viaje será más caro y complicado, pero estamos cansados de esperar», se excusa Mohanad, uno de los jóvenes. Como él, los otros siete tienen 18 años y eran amigos en Alepo, excepto Ahmed, un hombre de unos cuarenta años que los acompaña desde Turquía. Él se encarga del dinero y las decisiones finales. Mohanad nos explica que en su ciudad el Estado Islámico decapitó a muchos civiles, entre ellos, niños cristianos. En su edificio capturaron a un combatiente del Ejército Libre Sirio: «Le cortaron la cabeza y la pasearon por todo el barrio». Al joven sólo le amenazaron una vez mientras esperaba a su hermana a la salida del colegio, «porque estaba en un sitio de mujeres». Según este sirio, sin embargo, en su país hay mucha gente que «ama al Estado Islámico, porque les dan comida gratis o les organizan el casamiento».

Belgrado, capital de Serbia

La primera estafa

Una vez en el autocar, todos caen rendidos al instante, aunque el vehículo tarda dos horas en llenarse y arrancar. Llegamos a Belgrado a las ocho de la mañana. La primera visión es un parque frente a la estación de trenes lleno de tiendas y escombros. Unas 300 personas han pasado la noche allí en busca de la mejor manera para llegar a Hungría. Los niños ya no juegan. El cansancio pasa factura en todas las edades tras varios días maldurmiendo. Entre las mantas y mochilas encontramos a Youssef, tendido con la pierna escayolada. Su madre nos explica que le atropelló un coche en la ciudad turca de Izmir. Desde entonces ha tenido que seguir el viaje en volandas. Su hermano gemelo, Abdarramah, algo celoso, le molesta para llamar la atención. A su familia ya no le queda dinero y deben encontrar algún compatriota que les preste, así como la forma más barata de llegar a Alemania teniendo en cuenta las limitaciones. En la fuente de la plaza, varias personas se duchan, remojan a sus hijos y lavan su ropa. Los transeúntes rodean el lugar sin girar la mirada.

Por el campamento improvisado, de nuevo varios serbios remolonean para ofrecernos taxi y alojamiento. Nos fiamos de dos taxistas que quieren llevarnos a un «hotel céntrico» por 20 euros la noche. «Necesitamos un descanso antes de cruzar a Hungría», justifica Rakan, otro de los jóvenes. Los dos taxis se alejan de la ciudad más de media hora hasta llegar a un pueblo a las afueras. El supuesto «hotel» es una casa a medio construir propiedad de una conocida, Olya. Nos cobran diez euros de carrera por persona, que junto al trayecto de vuelta y al precio de la noche suman 40 euros. Una cantidad con la que se puede encontrar un hostal decente en el mismo centro de la capital serbia.

Nos han estafado. En total, han ganado 360 euros, cuando el salario mínimo en el país apenas alcanza los 350. Los jóvenes tampoco le dan mayor importancia. Su principal preocupación ahora es conseguir una tarjeta de móvil para llamar a sus familias y también a otros compatriotas que ya han realizado el viaje para averiguar cuál es el mejor modo de llegar a Alemania, y de paso la ciudad más apropiada. Tras un par de llamadas, convienen que el destino será Dortmund.

Mientras discuten los próximos detalles del viaje, llega otro grupo de doce hombres, todos iraquíes. Hablan un poco, pero sin demasiado entusiasmo. Los nuevos huéspedes, de mayor edad, son más conscientes de que les han engañado. La casa es demasiado pequeña para 21 personas y algunos no tendrán otro remedio que dormir en el suelo.

La otra preocupación para los sirios es ducharse, comprar ropa nueva y cortarse el pelo. «Tenemos que hacernos pasar por turistas en Hungría para cruzar hasta Austria», cuenta Rakan en un gesto de ingenuidad. El grupo todavía no sabe que muy probablemente deberán arrastrarse por el suelo para cruzar los alambres colocados en la frontera húngara con Serbia. Eso tampoco preocupa ahora. «Podremos dormir en una cama después de tres días», celebra Rakan. El joven llama a su familia. Al otro lado del teléfono se escucha a una mujer que parece enfadada. A Rakan se le marcan los hoyuelos al hacer alguna mueca, pero su voz se achica por momentos y su mirada se nubla con gesto triste. «Es mi madre, está preocupada», se limita a explicar.