Rusia

Una farsa electoral para que el zar Putin se perpetúe en el Kremlin

El presidente, que cuando concluya su quinto mandato en 2030 habrá gobernado más tiempo que Stalin, sueña con devolver a Rusia el viejo esplendor del imperio zarista

Vladimir Putin sabe que las elecciones presidenciales de hoy son solo un mero trámite, aunque necesario, para continuar en el poder. Llegó siendo un desconocido, en el verano de 1999, de la mano de Boris Yeltsin como un primer ministro más en los estertores de esa década tan deleznable para los rusos como fue la de los noventa. Pocos apostaban por la continuidad de ese exespía del KGB que se curtió en la política formando parte del equipo de Gobierno del primer alcalde electo de San Petersburgo, Anatoli Sobchak. De su vida anterior poco se sabe, solo que estuvo destinado en la ciudad alemana de Dresde, entre 1985 y 1990, donde ejerció las labores de informador para el KGB soviético, organización en la que habría ingresado diez años antes de llegar a ese destino.

Hierático y celoso de su vida privada, el presidente ruso se ha mantenido en el poder durante este último cuarto de siglo, teniendo la oportunidad desde esta misma noche de ocupar el despacho principal del Kremlin, al menos, seis años más. Al término de este nuevo quinto mandato, Vladimir Vladimirovich tendrá 77 años, 31 de los cuales los habrá pasado como líder del país (de 2008 a 2012 fue primer ministro durante la presidencia de Dmitri Medvedev, debido a las restricciones constitucionales que después fueron eliminadas). Iosif Stalin ostentó el poder en la URSS 29 años.

Los cuatro mandatos anteriores (dos de cuatro años y dos de seis) han sido la ejecución de un cambio de timón que el presidente se ha ocupado de llevar a cabo de manera gradual. La Rusia de hoy sienta sus bases en el conservadurismo y la religión, renegando de la Europa actual con quien comparte continente. El líder ruso defiende que su país es el exponente de los valores «tradicionales» frente a lo que considera la «decadencia» moral de Occidente y su tolerancia con la población LGTBI. Los representantes del Gobierno ruso protagonizan sus actos más importantes acompañados por miembros de la Iglesia ortodoxa, que han acumulado todo el poder que Putin les ha querido dar como garantes de esta nueva sociedad mientras el número de iglesias se ha incrementado de manera exponencial durante los últimos años y el país ha visto cómo la población ha vuelto a ellas.

La familia tradicional es otro de los pilares de esta nueva Rusia, con políticas para promover el aumento de la natalidad y la demonización de los colectivos homosexuales. En 2013, se aprobaba por unanimidad en la Duma estatal rusa la ley contra la propaganda homosexual, un proyecto personal de Putin cuyo propósito inicial era el de proteger a los menores de la exposición a la homosexualidad como enemiga de los valores tradicionales, prohibiendo la visibilidad de los colectivos LGTBI y sus manifestaciones públicas. Aunque no se puede comparar con la persecución a los homosexuales del stalinismo, sí hay cierta similitud entre ambas leyes, teniendo como telón de fondo una obsesión por el aumento de la natalidad. Estadísticas oficiales prevén que hasta el año 2030 la población rusa descienda hasta los 143 millones de habitantes, sin duda su nivel más bajo desde 2012.

El aborto en Rusia sigue siendo legal, aunque el Estado ha fortalecido el control sobre el acceso a la interrupción del embarazo, que ha caído de manera considerable durante los últimos años. Se estima que durante el año pasado se han podido registrar unos 400.000 interrupciones del embarazo en todo el país, muy por debajo de las cifras oficiales de años anteriores. Actualmente el aborto es ilegal en algunas regiones rusas. Hace unos meses, un grupo de diputados del partido de Putin presentaba un proyecto de ley que prohíbe realizar abortos en las clínicas privadas. El volantazo a la derecha ejecutado por Putin muestra que los cambios se están llevando tal y como los había planificado el líder ruso, orgulloso del país que dirige y erigido como la única figura de poder reconocible.

El aumento de la popularidad de Putin solo se puede entender con la prosperidad económica asociada a su mandato. Durante sus primeros años en el poder, se vio beneficiado por la subida de los hidrocarburos, principal riqueza del país, que trajeron miles de millones de dólares a las arcas públicas después de haber nacionalizado las empresas del sector que habían caído en manos de unos pocos oligarcas tras las privatizaciones llevadas a cabo por su antecesor, Boris Yeltsin. La población empezó disfrutar de ese dinero y la prosperidad se instaló en el país más extenso del mundo. Aquella primera valoración positiva de sus ciudadanos coincidió con la de los líderes occidentales, que vieron en Putin a un líder coherente, en nada parecido con su antecesor. Pero el presidente ruso nunca quiso ser el socio dócil de Occidente, ya que su plan era otro, el de devolver a Rusia el papel de potencia teniéndole a él como único líder. Una potencia contrapuesta a la hegemonía de Occidente, como ya demostró en la Conferencia de Múnich de 2007, en cuyo discurso arremetía contra la OTAN por amenazar a Rusia y acusaba a Estados Unidos de ser el «único soberano» del mundo.

La búsqueda de poder geopolítico empezó meses después con la guerra en Georgia (2008). Años más tarde, llegarían la anexión de la Crimea ucraniana (2014), la intervención militar en Siria (2015) y la invasión de Ucrania (2022). Aquellas alianzas con los líderes occidentales, hoy rotas, se han sustituido por las relaciones que Rusia mantiene con China, Bielorrusia y algunos países africanos que no cuestionan a Moscú.

Las voces críticas, fuera y dentro del país, han sido silenciadas. Los enemigos de Putin son, a la fuerza, enemigos de Rusia. A tan solo unas horas de conocer los resultados de las elecciones, nadie duda de la continuidad de Putin y de su proyecto, aunque pocos aciertan a decir qué pasará mañana cuando el presidente tenga asegurados seis años más de contrato presidencial. Mientras, el frente ucraniano sigue candente y solo el líder ruso sabe hasta dónde llegarán sus soldados.