Historia

¿Fue capaz Hitler de hacer algún gesto humanitario?

Los restos mortales del hijo de Napoleón fueron inhumados en Viena por deseo del dictador, que quería volver a darles sepultura en París, pero no como reconocimiento histórico, sino para ganarse la simpatía de los franceses

Hitler, en 1940, en el París ocupado por los nazis
Hitler, en 1940, en el París ocupado por los nazis

Hay un suceso desconocido en la Historia reciente de Europa que llama la atención de modo singular. Es uno de esos inconcebibles gestos de humanidad en un monstruo de la talla de Adolf Hitler. Quizá el único en toda su vida, aunque, como enseguida veremos, no se trató en realidad de un acto altruista del Führer sino de la más pura propaganda bélica y acaso de una forma de emular también a otro megalómano como él: Napoleón Bonaparte.

Es preciso retrotraerse al 15 de diciembre de 1940, justo un siglo después de que los restos mortales del gran Napoleón arribasen al puerto de Le Havre procedentes de la isla de Santa Elena, donde el emperador que asoló Europa, como luego haría Hitler, permaneció recluido al final de su vida. No es difícil imaginar el gran boato con que se celebró aquel traslado mortuorio el 15 de diciembre de 1840. Sus cuatro oficiales de Estado Mayor, Marchand, Bertrand, Las Cases y Gourgaud, acompañaron ese día el ataúd de su antiguo emperador desde París hasta las mismas entrañas de la Capilla de St. Jerome, seguidos por una impresionante hilera humana de 100.000 fieles a la memoria de Napoleón I.

«El aguilucho»

Cien años después, una ceremonia similar volvió a repetirse en aquella misma capital por expreso deseo de Hitler. No fue, insistamos una y mil veces, un gesto romántico ni un acto de justicia póstuma. El Gobierno francés había intentado infructuosamente trasladar los restos mortales del hijo de Napoleón, bautizado «Rey de Roma» desde su nacimiento en 1811, crecido y muerto en la Corte de Viena con el título de duque de Reichstadt, siendo nieto de Francisco II, emperador de Austria.

Aludimos al rubicundo «L’aiglon» («El Aguilucho»), motejado así por la tradición popular, cuyo nombre compuesto era Napoleón François Joseph Charles, hijo también de la archiduquesa María Luisa de Austria.

Desde su prematura muerte con apenas 21 años a causa de la tuberculosis, sus restos permanecían sepultados en Viena en el interior de dos urnas, una de las cuales se hallaba en la Cripta Ducal en la Catedral de San Stephen, y la otra junto con las de otros miembros difuntos de la dinastía de los Habsburgo.

A finales de marzo de 1832, los doctores ya habían desahuciado al «Aguilucho». El propio Malfatti, médico italiano de la Corte, escuchó la unánime sentencia de muerte de labios de los profesores más célebres de Viena: Vivenot, Wiere y Raimann. El príncipe moribundo debía recibir así los últimos sacramentos en presencia de los cortesanos y de la nobleza. Era una disposición que se remontaba al ceremonial español y que debía cumplirse a rajatabla. El rito se celebró en la alcoba del príncipe, bajo la presidencia de monseñor Wagner, capellán de la Corte, y en presencia de algunos íntimos. Afuera, en el corredor, aguardaban en completo sigilo dignatarios, empleados y servidores. En un momento dado, la puerta se abrió sin ruido y se cerró poco después, para que los testigos pudiesen dar fe luego del cumplimiento de los deberes religiosos.

Una promesa

Por fin, la madrugada del 22 de julio, «El Aguilucho» expiró en brazos de su madre, a quien dedicó sus últimas palabras en alemán: «¡Ich gehe unter, Mutter, Mutter!» («¡Mamá, mamá, me siento morir!»). Dos ancianos, además de su madre, lloraron su fallecimiento más que nadie: su abuelo, el emperador de Austria, y su abuela Letizia Bonaparte, que malvivía en Roma, enferma, enlutada y casi ciega.

Un siglo después del traslado de los restos de su padre a París, siguieron así el mismo camino los de su hijo «El Aguilucho». Previamente, Hitler había prometido ante la misma tumba de Napoleón, en el Templo de Los Inválidos, que inhumaría los restos de su hijo en París con el mismo protocolo que un Jefe de Estado. Y así fue: el féretro con los despojos del duque de Reichstadt llegó el 15 de diciembre de 1940 a la estación de Austerlitz, procedente de Viena. Acto seguido, se colocó el catafalco sobre una cureña de cañón para trasladarlo a la luz de las antorchas hasta la capilla de Los Inválidos, donde fue depositado justo al lado del féretro de su padre. El almirante Darlan representó al mariscal Pétain durante la ceremonia celebrada con honores de Jefe de Estado ante la llamativa ausencia de su promotor, Hitler.

No se trató de un acto humanitario sino de una maniobra urdida para atraerse las simpatías de los franceses, sensibles a la memoria del emperador, aunque aquel gesto pasase casi inadvertido en una Europa en guerra.

@JMZavalaOficial