Política

La inmigración, la asignatura pendiente

El Gobierno no obligará a hablar alemán en casa, como propuso la CSU

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La propuesta estuvo a punto de enturbiar el arranque del congreso de la Unión Cristianodemócrata (CDU) en Colonia. Tanto que la Unión Socialcristiana (CSU), la rama bávara de los democristianos de la canciller Angela Merkel, rectificó ayer su controvertida propuesta de obligar a los extranjeros a hablar alemán dentro de casa y, ante las críticas recibidas, apostó únicamente por motivar el uso de este idioma en el día a día. «Cada uno debe poder hablar en casa como le parezca», asumió el vicepresidente de la CSU, Peter Gauweiler. Una sugerencia que en su desatino obligó a la canciller a salir al paso para defender las «ventajas» del bilingüismo y que deja patente el espinoso debate que, sobre la inmigración, vive Alemania. Un 20% de la población germana tiene «raíces extranjeras» y sólo el mes pasado alrededor de 22.000 personas solicitaron asilo en Alemania, un 56% más que en el mismo mes del año pasado. Unas cifras que suponen un escollo para el Gobierno alemán y que han llevado a sus dirigentes a lidiar este tema aplicando un doble rasero que le permita mantenerse lejos de la críticas al mismo tiempo que imponen una férrea ortodoxia para que el tema de la inmigración ocupe un lugar más prominente en la agenda política del país.

En consecuencia, si Merkel aseguraba hace unas semanas que Alemania debe mostrarse «humana» con aquéllos que llegan al país y que «la sociedad debe ver la inmigración como una oportunidad para aquéllos que vienen y también para los que ya están aquí», en la práctica la realidad devuelve otra cara o así se entiende a la vista de los últimos pasos que, en materia de inmigración, ha dado el Ejecutivo germano. «El que no encuentre trabajo, tiene que irse», se escucha ahora más alto que nunca entre las filas del Gobierno federal.

Un paso más para la puesta en marcha del paquete legislativo en el que trabaja Berlín y con el que se quiere impedir que los inmigrantes de la Unión Europea «abusen» de su sistema social, así como limitar a seis meses la estancia de quienes llegan al país a buscar empleo y no tienen expectativas de encontrarlo. Así pues, oportunidad pero siempre y cuando se compense con una actividad laboral que, en conjunto, permita al Gobierno alemán poner fin al tan repudiado «turismo social» o a la ya denominada «inmigración de la pobreza».

Un tema, el de la inmigración, que sigue sin visos de solución, como reconoce la propia canciller germana. «La buena situación de nuestro mercado laboral empuja a los jóvenes, comunitarios o no, hacia nuestro país. Pero aún hay algunas cosas que mejorar», admitió hace sólo unos días la propia Merkel, quien reconoció que «sigue siendo un problema» para encontrar trabajo el hecho de tener un apellido extranjero. De hecho, un reciente informe poníasobre la mesa la discriminación que sufren los inmigrantes de segunda generación a la hora integrarse en la sociedad alemana.