Mary Quant y las «chelsea girls»

En Cibeles junto a los Gemeliers
En Cibeles junto a los Gemeliers

Nunca olvidaré mi primer viaje a Londres. Estaba loca de felicidad por vivir una temporada que se convirtió en años. Era muy joven y el «Swinging Sixties» londinense era mi máxima meta. Iba siguiendo la ruta de los Beatles, los Rolling, Pink Floyd o Mary Quant, esa mujer que nos cambió la vida y la imagen que hizo de la moda un juego. Londres nunca había vivido una revolución comparable, cuando aterricé en esa ciudad ya era el año 73, pero seguía siendo fascinante, Grace Jones, Jerry Hall, a veces Jean Shrimpton (la mujer más bella y perfecta que he conocido) se dejaban ver en los «night clubs».

Me instalé en un precioso dúplex en South Kensington. Mi calle se llamaba Rosary Gardens y me sentí la chica más feliz del mundo. Iba a empezar a vivir mi propia vida, aprender a organizarme y vivir sola, un cambio radical con el plus de hacerlo en una ciudad desconocida y con un idioma que apenas balbuceaba, ya que mi educación había sido en francés. Agradezco la confianza de mis padres para poder hacerlo.

Dejé las maletas y me lancé a la calle. Quería verlo todo, sentirlo, caminé horas sin saber muy bien a dónde iba, me pareció una ciudad de cuento. Veía en cada calle a Mary Poppins, Peter Pan o My Fair Lady, hasta que tuve miedo de no saber volver y cogí uno de esos preciosos taxis ingleses al que enseñé un papel con mi dirección. Cuando entré en mi casa, ya la sentía como mía, llamaron unos amigos para saber cómo me encontraba, me habían dejado la nevera llena y hasta unas flores que daban sensación de hogar. Dormí como un lirón, pero deseando que llegase un nuevo día. Tenía una semana para mí sola antes de empezar en el LTC School, y había que aprovecharla. Quería convertirme en una «english girl», así que fui a mi peluquero soñado, Vidal Sassoon, a que me cortase una melena cuadrada.

Volví a casa con varias bolsas de ropa contentísima. Me vestí con una minifalda de vértigo, medias amarillas, botas y un maxi abrigo precioso que me había traído de España. Ya estaba preparada para mi aventura londinense convertida en una perfecta chica del barrio de Chelsea. Puedo asegurarles que fueron los años más felices de mi vida y que forjaron a la mujer que soy. En muy poco tiempo tenía muchísimos amigos y hablaba un inglés bastante fluido como para no perderme nada.

Frecuentaba los clubs de jazz y en uno de ellos encontré al amor de mi vida. Tenía todo lo que necesitaba para ser feliz: amor, muchos amigos, un «flat» en Chelsea y lo suficiente para llenar el carrito de la compra y darme caprichos, pues en cuanto pude empecé a trabajar en un banco en Londres. Nunca me sentí discriminada por ser mujer, todo lo contrario, y eso que la «city» en ese tiempo era un mundo de hombres. Ganaba más que muchos de ellos y la igualdad de género con la que ahora nos aburren nunca fue un problema. Siempre fui libre, rebelde e independiente.

Ahora han pasado muchas cosas en mi vida. El cambio más importante ha sido internet y las redes sociales, que nos han enganchado de una forma, a veces, enfermiza. Muchas personas que utilizan Instagram o Twitter no se dan cuenta de que tienen que tener mucha fortaleza mental. Cualquier metedura de pata u opinión puede convertirse en un infierno de insultos que debemos relativizar. Las redes deberían usarse para enseñar e inspirar, no para instigar o agredir. Debemos tomarlo como un juego positivo, como el intercambio de conocimiento y la conexión con personas afines y otras con las que nunca hubiésemos tenido la oportunidad de interactuar. Ojalá convirtamos las redes sociales en herramientas que nos sustenten y enseñen en vez de enfadarnos y frustrarnos.