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Inmersión: Hasta la cocina del «Bou Ferrer»

Descender los 25 metros de profundidad que hay hasta el yacimiento arqueológico de Villajoyosa es adentrarse en un navío romano de hace 2.000 años al que las mareas del Mediterráneo han respetado como si fuera un tributo a la Historia

  • Inmersión: Hasta la cocina del «Bou Ferrer»

Tiempo de lectura 8 min.

18 de agosto de 2018. 07:07h

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Julián Herrero 18/8/2018

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Han pasado casi dos décadas desde que, en 1999, Pepe Bou y Antoine Ferrer, en su enésimo descenso a las profundidades de la costa alicantina, se toparan con los restos de lo que intuían como «una cosa muy grande», recuerda el segundo de los buzos. Son innumerables las veces que ha hablado sobre ello el ahora director del Club Náutico de Villajoyosa, pero sigue habiendo algo que le toca bien adentro: «Ufff... Es que se me ponen los pelos de punta», resopla. Y es que lo de Ferrer con el que es su descubrimiento «al 50%», bromea, «fue como lo de Dominguín con Ava Gardner, que pronto corrió a contarlo. Nosotros, según lo vimos, salimos a hacer lo propio. Nos remitimos a dar parte porque aquello era la leche, y con el tiempo hemos comprobado que su importancia ha sido aún mayor»... Hasta convertirse en el barco romano sumergido más grande que se conoce, además de BIC (Bien de Interés Cultural) de la Comunidad Valenciana. A falta de más datos sobre el yacimiento encontrado a un kilómetro de la playa de La Vila, el pecio pronto se bautizó como «Bou Ferrer» en honor a los submarinistas y para orgullo de un Ferrer que todavía hoy le tiene que reafirmar a su hijo que «sí, ese es nuestro apellido», cuenta. Un nombre que vuelve a coger fuerza en verano. Y no por los últimos avances arqueológicos al respecto, que también, sino por su carácter divulgativo con todo el que se quiera acercar por la zona. Como cada estío desde hace seis campañas, el tesoro que se esconde a 24,5 metros de profundidad y que ha mantenido intacto el fango del Mediterráneo deja de ser una cuestión únicamente de investigadores y colaboradores para abrirse al turismo submarino, «pero para gente avanzada», puntualiza Ferrer.

Como novedad de este 2018 destaca la cocina del barco romano, encontrada en el penúltimo día de las excavaciones de la temporada pasada, «y un plus en las nuevas bajadas», explica José Antonio Moya, responsable de las inmersiones: «se pueden asomar a la vida cotidiana de abordo. De ahí empezaron a salir los materiales que utilizaban los marineros en sus comidas diarias». Ya no solo se habla de las grandes ánforas –hasta 5.000– que transportaba el navío ni de los lingotes de plomo, sino de vasijas más pequeñas que contenían «aceite y vino afrutado para beber durante la travesía». Además, platos, cacharros y otras «jarritas que, lejos de su antiguo uso, hoy serían de un gran valor estético, pero que para los romanos no fueron más que “tuppers”», ríe Moya.

Hasta Roma sin parar

Es una pequeña parte de los 33, «quizá 34», metros del barco, «un portacontenedores actual de esos que vienen de China», define de una nave llena de incógnitas. Si hace un año se fechó el hundimiento entre los años 64 y 68 gracias a la contramarca «NER.CA» («Neronis Curator Aquarum») de uno de los lingotes, todavía se trata de orientar la embarcación con la búsqueda de la popa y la proa de la misma, «una de las dudas a despejar en la campaña de este año». Como también se trata de averiguar el por qué estaba el barco tan cerca de Villajoyosa. Antoine Ferrer, marino mercante de formación, se sigue asombrando por esas navegaciones de Cádiz a Roma «sin parar, eso hay que hacerlo, ¿eh? Lo que está claro es que no tenía que pasar por aquí. Se dice que fue por un temporal o porque se le rompieron las velas, pero lo que está claro es que algún motivo de peso debía haber», dice el director del Club Náutico. Son claves que se han ido desgranando con el 10% que apenas se lleva excavado del navío, que eso sí, se encuentra «en unas muy buenas condiciones». «La ventaja –habla Moya– es que se hundió en una zona en la que los barcos no arrastraban sus redes y en la que el fango se ha convertido en el principal responsable de que se conserve tan bien. Porque la parte de madera que quedó fuera ya no está y, por el contrario, la falta de oxígeno de estar enterrado ha hecho que los materiales se conserven». «Parece que naufragó hace cuatro días», responde Ferrer de una experiencia que define «como una película» y que el responsable de las inmersiones cuenta así: «Normalmente la gente sabe más o menos lo que va a encontrarse, que es algo muy diferente a esos naufragios contemporáneos de la Segunda Guerra Mundial o de hace 40 años en los que se recorre un barco de metal. No es eso. Aquí se va a ver madera y toda la carga dispersa. Mostramos la trinchera de excavación de 22 metros de largo por 7 de ancho que cruza la nave por la mitad y de donde se han ido retirando las ánforas hasta acceder a la madera. El turista se asoma a las cuadernas, a la quilla, a la carlinga, al lugar de los lingotes... También al corte en el que se ven perfectamente los cuatro pisos de ánforas [de “garum”, principalmente] y toda la parte estructural de la que salen unos clavos de cobre de 30 centímetros que en su día metió un calafate». Restos del Imperio romano de Nerón que han sobrevivido al tiempo, lo que no es poco, pero también a los furtivos, en ocasiones –o casi siempre–, mucho más peligrosos que el paso de los años. Reconoce Ferrer que «sí hubo expolio al principio», pero que hoy es muy difícil llevarse algo: «Ahora está abierto porque se están realizando trabajos, aunque cuando se termina se le ponen rejas para impedir que nadie coja nada». Un yacimiento que sirve para mostrar un imperio muy diferente al que intuimos en el Foro y el Coliseo o al que nos ha contado Hollywood. Una Roma –ahora– submarina, la de «Bou Ferrer», que, como la lava del Vesubio hizo con Pompeya, ha quedado paralizada y casi intacta durante 2.000 años.

Fantasmas congelados en el tiempo

De camino al centro de buceo nos advierten de la posibilidad de que tengamos mala visibilidad. Incluso menos de 3 metros. No es el mejor panorama para hacer fotos, pero, aun así, la emoción es la misma. Sobre todo, después de escuchar el entusiasmo de Antonio Espinosa, director del Museo Vila, donde se hayan los restos rescatados del pecio «Bou Ferrer» para su investigación: ánforas y bloques de plomo para el emperador Nerón que acabaron en un fondo de fango a tan solo mil metros de la playa de Villajoyosa. Es fácil imaginar la impotencia de la tripulación viendo cómo se iban a pique con el puerto de la antigua ciudad de Allon casi al alcance la mano. Con las botellas llenas de Nitrox, saltamos al agua y, para mi sorpresa, a cada metro que descendemos la transparencia aumenta. Como si, en un gesto de complicidad, la nube de sedimento se hubiese quedado suspendida sobre el pecio. Enseguida podemos ver los restos de ese diez por ciento visible del valioso yacimiento arqueológico.

Un manto de vasijas y restos de madera en un estado de conservación sorprendente descansan sobre el lecho marino a unos 25 metros de profundidad. Unos cabos blancos delimitan la zona de trabajo y unas mallas metálicas protegen lo que algún día verá la luz. Puede que 5.000 ánforas y un montón de pistas que sirvan a los arqueólogos para hilvanar el relato de la historia. Un trozo de cerámica procedente de una copa es suficiente para dar sentido a una intuición. Jose Antonio Moya, responsable de la inmersión, comprueba que todo el mundo está en el cabo de ascenso y me indica que es el momento de dar por terminado este breve pero intenso viaje al mayor barco romano en excavación del Mediterráneo. Desde la distancia vuelvo a observar los restos. Pocos lugares estimulan nuestra imaginación como estos fantasmas congelados en el tiempo.

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