Cuando se cierren las urnas

“Llegó al Congreso Valle-Inclán en el cuerpo de Agustín Zamarrón, bendita barba, para demostrar que el disparate y el esperpento es el estilo de nuestra farsa nacional”

Dos monjas votan en un colegio electoral de Sevilla durante las pasadas elecciones generales / Foto: Ke-Imagen
Dos monjas votan en un colegio electoral de Sevilla durante las pasadas elecciones generales / Foto: Ke-Imagen

“Llegó al Congreso Valle-Inclán en el cuerpo de Agustín Zamarrón, bendita barba, para demostrar que el disparate y el esperpento es el estilo de nuestra farsa nacional”

Al sur del reino, las intrigas políticas parecen riñas en el salón-comedor después de la cena, mientras la abuela duerme y bufa con la televisión encendida. Aquí las puñaladitas se dan con anestesia y poca intención, para no hacer sangre ni romper lazos fraternales. Ya tenemos a Batet dirigiendo el circo de las Cortes, para entretenernos desde la distancia en la política de arte mayor y melodía desafinada. Cuando Gabriel Rufián se ponía la camiseta de monologuista de pub crepuscular sabíamos que el melodrama iba desde el agravio atávico a la ignorancia radical –de principio a fin–, que desemboca en el ridículo ante el resto de escaños que aplauden o silban. En esa política de la escena nos encontramos. Los espectáculos viven de la emoción, de hacer creer a la gente que lo que ve como ilusión puede hacerse real.

Llegó Valle-Inclán al Congreso en el cuerpo de Agustín Zamarrón, bendita barba, para demostrar que el disparate y el esperpento es el estilo de nuestra farsa nacional. Una vez más el efecto del juego de los espejos todos metidos en el Callejón del Gato, entre lo que es, lo que parece ser y lo que se quiere ser. Deformidades, espejismos, curvas. La fiesta del Congreso se les acabó a los independentistas juzgados por rebelión con el dictamen de los letrados y la decisión de la Mesa, que los suspende además desde el momento de la constitución de la Cámara. Es decir, ¿en qué realidad quedan los gestos, las declaraciones, las menciones en las redes sociales y los apretones de mano? Ahora ya se deja claro que ese lapsus, esa cápsula, aísla del tiempo parlamentario retroactivamente. Como Fernando VII al poner el pie en el puerto de Valencia. «Aquí no ha pasado nada». Parece que es cierto, no ha pasado nada, pero hasta que mañana no se levante el país con la resaca electoral, con la «segunda vuelta» de las municipales, autonómicas y europeas encima de la mesa, no comenzará a moverse el difícil engranaje de la política en este trocito de universo de envidias, mala baba e ignorancias. Acaba esta «eterna campaña», han sido demasiados meses desde que en Andalucía el PSOE comenzó a agitar el sonajero del adelanto electoral y Susana Díaz negaba la mayor. Casi diez meses de freno institucional, de intrigas y desacuerdos que desembocan en un turbio delta del que estamos por salir. Miren en el espejo, delen marcha atrás a la moviola y paren en aquella tarde en la que el PP, Mariano Rajoy, fue sacado del Gobierno por la moción de Pedro Sánchez. Alucinante todo lo sucedido en este tiempo. Habrá de pasar mucho para contar con la perspectiva suficiente, porque ahora nos remozamos en el ajo de lo que pasa, no nos vale, necesitamos aire y distancia. Miren, hasta Theresa May ha dado un paso al lado en el Partido Conservador al no lograr su proyecto de aprobación del acuerdo del Brexit. No hubo éxito y se derrumbó ante las cámaras. «Lo intenté tres veces y no pude lograrlo». Hierro licuado.

Uno, dos, tres golpes, si la pared no cae o es que no puedes con ella o necesitas más contundencia. La tibieza con la que el «gobierno del cambio» ha afrontado la petición de exculpación de los ex altos cargos políticos imputados en el «Caso Avales» ha dejado boquiabiertos a un sector de su electorado que no ha entendido la maniobra, que van contra la postura de la Fiscalía Anticorrupción y la de los propios abogados del PP. ¿Pero esto qué es? Las explicaciones no han sido suficientes, sobre todo, cuando junto con el «Caso ERE» y el de los «Cursos de Formación», éste ha sido uno de los caballos de batalla de los populares en su etapa como oposición. Dudas, sonrisas, muchos abrazos, pero a la dupla Bendodo-Marín se les espera y se les exige un acelerón desde el interior de la Administración antes del verano, porque no se entiende que se repita el mismo patrón juntero del PSOE. En especial, deberán actuar para justificarse ante un electorado que exige el cambio y más cuando casi seguro se queden como el último reducto de poder autonómico en manos conservadoras.

Del mapa azul, al mapa rojo, y a la inversa, la travesía democrática española va a un lado y a otro de la cámara, sobrepasando incluso los intereses de los propios partidos. Nadie pensó que fuera fácil desmontar la maquinaria del régimen socialista después de casi 40 años de poder desmesurado, pero en los sectores del «verdadero poder» ya reclaman una reacción: «¿Qué va a pasar realmente con Canal Sur y con los enchufados?». Resultados y gestiones inmediatas que chocan con la realidad de la burocracia, el derecho o el interés. Mucho de todo esto, del verdadero arranque, depende de cómo quede el mapa de alianzas que salga de las municipales, de la capacidad de entendimiento de dos partidos, Cs y PP, que deberán entenderse para llevar el cambio hasta los nuevos ayuntamientos. Sólo queda un rato. El ámbito de la sociedad de corte conservador espera una reacción que debe llegar no sólo desde los propios partidos de ese arco, sino desde las instituciones que gobiernan o vayan a gobernar para demostrar que lo prometido no es deuda, lo prometido, se hace.