Cumpleaños ejemplares

Repasando el viernes la sección de santoral y cumpleaños de LA RAZÓN, me encuentro con los 85 gloriosos años de Arturo Fernández. ¡Qué maravilla, qué ejemplo! Y los ha cumplido sobre un escenario, que es el lugar donde lo puede uno encontrar siempre, al menos en los últimos 50 años. En su actual espectáculo añade una lección más. Por primera vez trabaja como contratado, además, en un teatro de la comunidad madrileña, estrenando un texto del siempre controvertido Albert Boadella. Dirigido por el catalán, ya no es que lleve medio siglo interpretando lo que se llama «alta comedia», obras estupendas que Arturo adapta a su estilo como si fuera un traje a medida de los que él luce como nadie. No se conforma y el cuerpo le pide riesgo, novedad, por lo que se entrega a Boadella en cuerpo y alma. Bonita y ejemplar forma de celebrar 85 años. En un país donde muchas personas son arrojadas del trabajo apenas cumplidos los 50 años, lo de Arturo es lección magistral. Añadir que el todavía galán es de las pocas personas del mundo del espectáculo que tiene pagada la luz, con las subidas futuras incluidas, el teléfono, la comida, la casa y Hacienda, que es el chulo más caro que existe, que se te lleva más de la mitad de los ingresos de por vida. Así que lo de Arturo Fernández es vocación y ganas de trabajar. Lo dijo cuando el año pasado la ministra Fátima Báñez le entregó la medalla de oro del trabajo: «Me la conceden por guapo, porque ni tengo edad ni me pienso jubilar en los próximos 25 años».

Los artistas de raza sólo tienen un verdadero amor: actuar. Así, podemos ver todos los años las giras a teatro lleno de Raphael o Serrat y a Lola Herrera y Hector Alterio, sobrepasando los 80 años, de gira por los principales teatros de España, algo que agota a los jóvenes, que prefieren no embarcarse en esos maratones. Tengo un sucedido que enmarca lo escrito. En el otoño del 2004, cenando con el empresario teatral Enrique Cornejo, nos cuenta que va estrenar en el teatro Reina Victoria la obra «Tres hombres y un destino», que había conseguido el reparto soñado: José Luis López Vázquez, Agustín González y Manuel Alexandre. Agustín era el más joven , con 75 años. José Luis y Alexandre superaban los 80 años. Con ese defecto profesional que nos pierde a casi todos los de mi profesión, la de tener la frase brillante en cada momento, aunque alguien pague un caro tributo, le dije a Enrique: «Yo que tú no la estrenaba en el Reina Victoria, lo hacia en el tanatorio, porque alguno no llega al final de la temporada». La función se estrenó en noviembre de 2004 y el 6 de enero de 2005 fallecía el más joven de los tres interpretes, Agustín González. Lo pasé fatal, sintiéndome culpable por una broma estúpida, tanto, que le pedí a María Teresa Campos, con la que trabajaba, que aunque yo era tertuliano, me dejara hacer el directo del velatorio del gran actor, desde el mismo escenario del teatro donde había estado actuando dos noches antes. Fue mi mejor trabajo, era una forma de expiar mi culpa. José Luis López Vázquez, la última vez que lo vi , enfermó y sin poder salir de casa, me dijo que qué buena muerte tuvo Agustín, del escenario a la tumba. Esto me reconcilió conmigo mismo.