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La vicepresidenta del Gobierno en funciones, Carmen Calvo / Foto: Efe
La vicepresidenta del Gobierno en funciones, Carmen Calvo / Foto: Efe

La eternización de un Gobierno «en funciones», hacia lo que Pedro Sánchez camina arrullado por los cantos de sirena que le ofrece el CIS, con DJ Tezanos al frente, posee evidentes ventajas y también algunos inconvenientes, entre los que sobresale la persistencia de Carmen Calvo en abrir la boca para expeler las mamarrachadas que suele. Vicepresidenta amortizada, su jefe la usa para vocear los dossiers más ásperos, como ese perenne tantarantán al que somete a la Iglesia para animar a la parroquia más anticlerical... y también para tener entretenida a la derecha sacristana mientras él se ocupa en desguazar a la Nación, a la que ya ha empezado a desatornillar por la parte de Navarra. Poco o nada sabe la ilustre egabrense sobre la diplomacia vaticana si pensaba que iba a salirle gratis el look descocado y la soberbia propia del analfabeto con los que se presentó a negociar con el secretario de Estado, Pietro Parolin, quien apenas la hubo despachado con la obligada cortesía cardenalicia, convocó a la Santa Sede a Demetrio Fernández, obispo de Córdoba y archirrival de Calvo a causa de la Catedral de la archidiócesis (de ambos) que ella se ha empeñado en estatalizar. Ni un paso atrás darán los curas en ese frente, buenos son, y ahora han abierto otro en la despedida del nuncio apostólico en España, monseñor Renzo Fratini, que ha excitado con una sola frase la furia totalitaria de la doña: «Te freiré a impuestos si persistes en discrepar de mí», ha venido a decir y a avisar a navegantes. Esta instrumentación de la Agencia Tributaria como ejecutora de una suerte de terror fiscal ha debido aprenderla de su compañero de gabinete Borrell –Lola Flores en el banquillo– y repasarla durante la oposición a su paisano Montoro –la Pantoja en el trullo–. Pero el Papa, ay, no es una folklórica.