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La vida en un hilo

  • La actriz Conchita Montes
    La actriz Conchita Montes
Sevilla.

Tiempo de lectura 4 min.

23 de junio de 2018. 21:21h

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Enrique Miguel Rodríguez.  Sevilla. 24/6/2018

Éste es el título de una película de los años 40 del siglo pasado que el gran Edgar Neville escribió, produjo y dirigió para su pareja, la exquisita actriz Conchita Montes. Al contrario que en la mayoría de los casos, que un texto o una obra teatral se convierte en película, aquí primero fue el «filme» y, en los años 50, el mismo Neville hizo la adaptación teatral para la misma intérprete, que se convirtió en un gran éxito. Al hilo de este sugerente título, les voy a relatar una historia que me ocurrió justo hace una semana. El martes 12 lo dediqué a Sevilla. Aparqué en el paseo de Colón, gestión bancaria, desayuno de los de Semana Santa, visita y charla con Carlos Herrera, visitas a mis iglesias del centro, aperitivo con Pepe Lugo, almuerzo con mi amiga Claudia Cappel y café en la plaza de San Francisco. Todo delicioso. Sin prisas me dirijo a realizar unas compras con vistas a un próximo viaje. Disfrutando del paseo, vuelvo al aparcamiento con unas bolsas con las compras realizadas. De pronto la vida se apaga. Cuando de nuevo se hace la luz, me encuentro tirado al final de la escalera de la primera planta del citado aparcamiento, lleno de sangre, atendido por dos agentes municipales y los miembros de una ambulancia tratan de estabilizarme mientras me hacen preguntas que no sé contestar porque en principio estoy en un limbo, desconozco quién soy, dónde estoy... Una vez que me suben a la ambulancia oigo que están decidiendo a qué centro médico me llevan. A pesar de una primera cura y los vendajes que me ponen, la sangre sigue corriendo por mi cuerpo. En ese momento se enciende una primera tecla en mi cerebro: «Por favor, al Sagrado Corazón», acierto a decir. En el camino hacia la clínica voy empezando a recordar; entrando en el segundo tramo de escalera, noté un tirón de las bolsas, instintivamente yo aguanté el envite y ahí es cuando llegó la oscuridad. En el Sagrado Corazón me atendieron magníficamente, todo tipo de pruebas, en quirófano una joven cirujana plástica, aparte de las grapas que ya me habían colocado en la gran herida que se había producido en la parte lateral de mi cabeza, me intervino para poder parar la hemorragia cerrando lo que la producía, todo esto sin anestesia, ya que no se puede administrar sangrando, así que valor y sesión de aguante. Los puntos que remataron la faena ya ni los noté. Noche en observación y, muy temprano, el estupendo doctor y mejor amigo Francisco Trujillo pasó a verme y me confirmó que viendo la evolución me darían el alta hospitalaria. Ya estaba advertido de que las magulladuras producidas en la caída pasarían factura. Así ha sido, pero yo tenía una meta, que mi viaje a Positano y Capri no se viniera abajo. Estas frivolidades ayudan mucho en la salud y en la enfermedad. En esta simple historia hay algo para mí ejemplar: el comportamiento de la cadena de personas que me fueron atendiendo. Las que avisaron a la Policía, el personal de ambulancia y todos los profesionales sanatorios. Aparte de su magnífica labor, con el alta recibí mi cartera con todo lo que en ella llevaba, reloj, gafas –ambos objetos de un cierto valor– y las famosas tres bolsas con lo que había adquirido. Ya ven, es cierto que algunas veces la vida pende de un hilo y ese hilo lo hacen irrompible personas decentes y buenas. Gracias a todos. Algunas personas me han animado a presentar denuncia, pero primero, no tengo seguridad si efectivamente fue un intento de robo; segundo, no hay cámaras grabadoras en la citada escalera y la empresa del parking no creo que tenga responsabilidad en los hechos; y, tercero y principal, hay que seguir el ejemplo de las buenas gentes que prestaron ayuda.

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