La vuelta al mundo del libro

La Feria del Libro de Sevilla tiene este año a Portugal como país invitado y rinde tributo a la primera circunnavegación de Magallanes y Elcano

La Feria del Libro de Sevilla cuenta con 47 expositores /Foto: Manuel Olmedo
La Feria del Libro de Sevilla cuenta con 47 expositores /Foto: Manuel Olmedo

La Feria del Libro de Sevilla tiene este año a Portugal como país invitado y rinde tributo a la primera circunnavegación de Magallanes y Elcano

Hace quinientos años, fecha en la que partió desde Sevilla la expedición que completó la primera vuelta al mundo, coincidieron en el tiempo dos fenómenos de una relevancia histórica. De un lado, Portugal y España comenzaban su hegemonía territorial en el mundo. Del otro, la imprenta de tipos móviles de Gutenberg se extendía por el continente, consolidándose la propagación del impreso, de la prensa y del libro. Junto a la Catedral de Sevilla, el puerto franco mundial de entonces, rebosaron los comercios de papeles y letras.

No es igual ahora. La avenida de la Constitución, eje del mercado de la imprenta hace cinco siglos, es una vía semipeatonal que se llena progresivamente de establecimientos de comidas y bebida pensadas para el forastero. En estos lugares, lo más parecido a un impreso es la servilleta de papel. Al final de la avenida, adonde desemboca el tranvía, se abren en el escenario los 47 expositores de la Feria del Libro de Sevilla, que este año brinda a Portugal la figura de país invitado. En busca, quizás, de la memoria literaria de aquella circunnavegación iniciática.

Diana, que dice ser asidua visitante del vecino Algarve, trabajaba hace diez años en un restaurante cercano. Ahora es madre de dos hijos y se ha casado con un librero de género antiguo. Acabó Bellas Artes, probablemente sea artista, y se ha parado a leer una información sobre la expedición de Fernando de Magallanes, que nunca volvió al puerto de Sevilla, de donde partió la expedición. Sí lo hizo Juan Sebastián Elcano, tres años después, capitaneando la nao Victoria, relata Diana. Fue la única nave que completó la misión. Había diecinueve hombres a bordo. Doscientos diez se habían quedado en el camino.

Es mayo, aunque el sol es propio de junio. En la avenida de la Constitución, sin árboles y sin sombras, caen del cielo rayos láser, verticales y compactos. Es primera hora de la tarde y, a esta hora, recién abiertos los puestos, hay menos público en la feria que tripulantes llegaron a Sevilla sobre la raída madera de aquella embarcación: unos cuantos hombres derrotados en la Victoria, qué paradoja.

Diana tiene que trabajar y apenas puede escaparse unos minutos antes. «Además, prefiero el calor que venir el fin de semana; son demasiados domingueros», detalla Diana. El viernes, matiza, empieza el desfile de «domingueros»·.

Las ferias del libro tienen algo de compendio de liturgias. Este año ha vuelto el ambigú, con lo que el rito puede convertirse en un ejercicio de trascendencia o de rendición. Portugal y España, países en los que concluye el periplo del Mediterráneo para desembocar en los siglos de supremacía del Atlántico, reinauguran la era del bar en la fiesta libresca. Esta primavera avanzada y tórrida no lo desmerece. «Tampoco lo desmerecemos los habituales», explica Alfonso, librero joven librero que, a las cinco y poco de la tarde, se ha bebido dos litros de agua. Y los que le rondarán el gaznate.

Entre los expositores hay desde lo institucional hasta las grandes, como la Fundación José Manuel Lara; desde el clásico Renacimiento hasta el selecto Athenaica; desde la librería de barrio (Reguera, Rayuela, Palas, Yerma, Padilla, El Gusanito Lector, etcétera) hasta las editoriales de la región. Y un lugar predilecto, cómo no, para los invitados. «Que no se diga que no somos anfitriones», añade Alfonso, un joven que apenas debe de alcanzar la cuarentena. Se refiere a la librería lisboeta Ler Devagar que, según cuenta, está considerado uno de los lugares de libros más bellos del planeta.

Para celebrar la vuelta al mundo, la Feria del Libro acude a un país indudablemente curioso y viajero, Portugal, aunque varios de sus autores más conocidos no puedan ser considerados unos grandes expedicionarios en la materia del movimiento. Fernando Pessoa apenas atravesó los límites de la Lisboa vieja y a José Saramago no se le conocen grandes aventuras allende las Canarias. De ambos se hablará en sendos coloquios. También de Miguel de Unamuno, que dedicó una parte de sus esfuerzos a estudiar la lengua de Camoes, pero de quien tampoco se saben grandes andanzas de ultramar más allá de su exilio en Fuerteventura.

Es el segundo año consecutivo que la Feria del Libro de Sevilla cuenta con un país invitado, algo ya generalizado en los mercados del mundo. Antes que Portugal, es su primera pulsión anfitriona, fue Irlanda. Así lo ha querido una dirección renovada, a cuyo frente se encuentran Verónica Durán y Nuria Lupiáñez, dos mujeres intrépidas que han enmarcado la feria bajo un lema. «Leyendo voy, viajando vengo», que es un guiño a dos artistas de la tierra. Y del mar, Magallanes; de quien dicen que no sabía ni silbar, por mucha falta que le hiciera en las Molucas.