Una cama solidaria en el instituto

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En la retina de los españoles se agolpan imágenes impensables hace varios años. Relatos gráficos de una crisis económica y unas medidas mal llamadas de austeridad que dejan a esta sociedad exhausta y triste, asustada e inerme, desmotivada y desesperanzada. Desde el dantesco espectáculo de los desahucios, con personas que antes de dejar su casa deciden volar hacia la nada, a los ancianos engañados por los bancos usando el viejo método de la estampita –antigua versión de las actuales preferentes–, con recortes en la sanidad y la educación, con la política española convertida en una especie de «Sálvame de la corrupción» y con las calles convertidas en ríos de gente que protesta y reclama, algaradas de impotencia frente a una situación desbocada.

En este contexto histórico e histérico, surgen iniciativas que pese a su dramatismo, consiguen espolear, en parte, nuestras mentes hipnotizadas por el «espectáculo nacional». Me refiero a la iniciativa del claustro de profesores del IES «Camas». Los docentes han instalado en la sala de profesores una especie de enfermería para atender a los compañeros que padezcan alguna enfermedad común o accidente no laboral. Ellos se encargan de recoger al enfermo, de atenderlo y de administrarle la medicación prescrita y, posteriormente, llevarlo de nuevo a su domicilio. Además, son los mismos compañeros del enfermo los que atienden, en sus horas no lectivas, a los alumnos del docente que ha tenido la desgracia de coger una gripe o padecer un simple esguince.

Todo un hospital de campaña en una guerra de recortes que, en su última escaramuza, ha dejado a los empleados públicos sin cobertura económica si enferman. En concreto, si un docente sufre una enfermedad común o accidente no laboral, le quitan el 50% del sueldo los tres primeros días y el 25% del cuarto al veinte, de modo que no sólo te pones enfermo, sino que te castigan por estarlo. Una medida incalificable desde cualquier perspectiva.

Los docentes, como todos los empleados públicos, se encuentran desamparados por una Administración que ha decidido tratarlos como apestados, que no duda en sembrar la sospecha sobre el conjunto de los servidores públicos, empleándose a fondo y con medidas mezquinas contra los débiles antes de reconocer su escasa capacidad para controlar el fraude, si lo hubiera, y alentar la inquina social hacia el funcionariado, un deporte nacional antiguo y penoso.

Por eso, los docentes del IES de Camas han reaccionado. «Después de congelarnos el sueldo, bajarnos el salario y dejar sin Reyes a nuestros niños, no nos váis a quitar ni un euro más. Hasta aquí hemos llegado», habrán pensado. Una respuesta, no exenta de humor corrosivo, que nos plantea la necesidad de reaccionar, de levantar la cabeza y pensar en soluciones posibles frente a los ataques que estamos sufriendo, en alternativas contra el «no» sistemático, con nuevos cauces de organización frente a la cerrazón de una Administración atrincherada e instalada en la medicina única de la austeridad y los recortes sociales.

Pero la iniciativa de los profesores de Camas abre nuevos frentes de incertidumbre, difíciles de valorar. Si la sociedad civil se organiza de espaldas a la Administración porque ésta no le da respuestas o socaba derechos fundamentales, podríamos entrar en una dinámica peligrosa, de actividades desreguladas, de fraudes y de componendas propios de una sociedad que vira hacia el pasado.