Madrid

Así era la ciudad que recibió al Metro

Hace 100 años la capital tenía 600.000 habitantes, se acababa de implantar la jornada laboral de ocho horas y se sufría una grave epidemia de gripe. Las obras del suburbano comenzaron sin licencia municipal. El primer día de su apertura se recaudaron 8.433 pesetas

17 de octubre de 1919, tres y media de la tarde. El rey Alfonso XIII inaugura el primer tramo del Metro de Madrid: Sol-Cuatro Caminos. El monarca había puesto de su bolsillo un millón de pesetas, equivalente al valor de 2.000 acciones de la Compañía, para demostrar su confianza y apuesta por este revolucionario medio de transporte público. Hasta el día 31 de ese mismo mes no abriría sus puertas a los usuarios. Llegaba este novedoso medio de transporte público colectivo 48 años después de la inauguración del tranvía tirado por caballos. Madrid era la tercera gran ciudad europea con Metro, después de París y Londres, un medio de transporte que iba a marcar el desarrollo de una ciudad que ya contaba con 600.000 habitantes que vivían en 14.000 edificios y muchas chabolas y cuevas. El Metro se configuraba como un sistema dinamizador para el futuro del crecimiento urbano y demográfico.

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Primer tercio del siglo XX. Es tiempo en el que el cotilleo de Madrid se traslada desde los mentideros hasta las tertulias de los cafés de la Puerta del Sol; la burguesía abandona el centro histórico y los palacetes de la Castellana para instalarse en la modernidad del barrio de Salamanca, mientras que la clase obrera se hacina en los barrios bajos, fundamentalmente en Lavapiés y en los focos de infraviviendas próximos al cauce del Manzanares. La ciudad empieza a industrializarse y a expandirse. El 14 de marzo, los Reyes habían inaugurado el Palacio de Comunicaciones en Cibeles, ahora sede del Ayuntamiento. Se habían terminado las obras del primer tramo de la Gran Vía, entre las calles de Alcalá y Montera, e iniciado las del segundo tramo: Red de San Luis-Callao.

Frente a estos atisbos de progreso, la ciudad tenía serios déficits de higiene y saneamiento. Unos años antes, el ministro de Gobernación, Segismundo Moret, en el discurso de toma de posesión del alcalde Alberto Aguilera, había sentenciado: «Madrid tiene inmensas y urgentes necesidades. Es una de las capitales más viejas y con menos comodidades de Europa. La tasa de mortalidad, del 40 por 1000, es aterradora; falta salubridad e higiene y la carestía hace imposible la vida».

El Madrid novelesco de Pío Baroja seguía reproduciéndose en las corralas, las tabernas y en aquellas zonas donde los golfillos protagonizan cada día la lucha por la vida. La busca seguía siendo el humilde sustento de muchas familias. Cada mañana salían los traperos con sus carros para recorrer los extrarradios, intentando extraer de la basura, algo que les supusiera un beneficio. A pesar de que la jornada laboral se había establecido en ocho horas eran muchos los trabajadores que tenían que quedarse a «velar» (hacer horas extras) después de acabar su jornada. Los obreros del Metro habían sido unos «privilegiados», ya que durante el tiempo que duraron las obras, su salario fue de 10 pesetas diarias, cuando el de un trabajador normal del mismo gremio, no pasaba de las cinco.

Se comenta en los cafés que Madrid es un nido de espías. Precisamente es el momento en el que Mata-Hari ha pasado por la capital, hospedándose en el Palace. En el plano cultural, los restos de Francisco de Goya se han depositado en la iglesia de San Antonio de la Florida; ha llegado a la villa el poeta Federico García Lorca, que se aloja en la Residencia de Estudiantes, y en la prensa se destaca la inauguración de una biblioteca pública en el Retiro que funciona sin personal y exhibe un llamativo cartel: «Estos libros, que son de todos, a custodia de todos se confía». Se ignora la eficacia que tuvo tal solicitud.

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El nuevo Metro circulaba bajo tierra, por la izquierda, a semejanza de como lo hacían los coches en la superficie, y este sentido de circulación en el suburbano, se mantiene en la actualidad, aunque a partir de 1924 los vehículos empezaron a circular por la derecha en las calles.

El mercado laboral femenino estaba casi restringido al servicio doméstico y a la Fábrica de Tabacos. Pero con la llegada del Metro, se crearon muchos puestos de trabajo, todos ellos de taquilleras. Aunque con una condición un tanto discriminatoria y en vigor hasta los años 80: tenían prohibido casarse. Y si lo hacían, eran despedidas. En 1930 se decidió el despido de una empleada por este motivo. El dictamen del Consejo de Administración fue contundente: «Los deberes que impone atender a un hogar y a sus hijos son para la mujer incompatibles con los del desempeño del cargo que el Metropolitano exige». Ni siquiera la II República derogó esta discriminación.

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El día de la inauguración

Las obras comenzaron en abril de 1917. Y desde el primer momento estuvieron erizadas de dificultades, ya que los efectos de la Primera Guerra Mundial hacían que escasearan los materiales. Hasta el punto de que los motores eléctricos le fueron comprados al Metro de París. Otra curiosa incidencia es que las obras comenzaron sin licencia municipal, lo que provocó importantes enfrentamientos entre los responsables de la construcción y las fuerzas de orden público. Tuvo que intervenir directamente el rey Alfonso XIII para «convencer» al Ayuntamiento de que éstas obras eran muy necesarias. Por intercesión del monarca fue destituido el alcalde, Luis Silvela.

A las tres y media de la tarde del viernes 17 de octubre de 1919, siendo alcalde de la villa, Luis Garrido Juaristi, Alfonso XIII y su esposa, Victoria Eugenia, inauguraban el sistema de transporte público colectivo más importante del siglo XX. Desde horas antes, cientos de personas se habían dado cita en la calle de Bravo Murillo y aledaños para presenciar su llegada. El monarca bajó las escaleras ante el andén de la estación de Cuatro Caminos. Diez minutos después, el primer tren del Metro partía rumbo a la estación de Sol. Tardó siete minutos y dos segundos en recorrer los 3,8 kilómetros del primer tramo del suburbano. De vuelta a Cuatro Caminos, la familia real y las autoridades fueron invitadas a un «lunch».

Madrid había vivido un día importante en la historia urbana de la ciudad, aunque muchos madrileños estuvieran algo quejosos, porque ese mismo día, el precio de la leche había subido 20 céntimos por litro, y una epidemia de gripe empezaba a cobrarse víctimas mortales, sobre todo en las zonas más deprimidas.

El Metro ya estaba oficialmente inaugurado, pero no abriría sus puertas al público hasta 14 días después, el viernes 31 de octubre. Expectación máxima. Hubo gente que hizo cola la noche anterior con el afán de ser los primeros. En Sol, la fila llegaba desde la taquilla hasta mitad de Montera. Todos anhelaban que las taquilleras les dieran ese primer billete que costaba 15 céntimos. En ese primer día, la Compañía recaudó 8.433 pesetas, y en el primer año, lo utilizaron más de 14 millones de viajeros. El Metro se ponía en marcha para hacer un recorrido que, hasta el momento, ha durado 100 años. Y los que le quedan.

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