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Los últimos días del restaurador de santos

Étienne (Lou Castel) vive encerrado en un piso abarrotado de desechos, viejas radiografías e imágenes de santos que restaura, acompañado por el dolor y los recuerdos de una esposa y una hija muertas, mientras el mundo exterior –su otra hija, su hermano– llaman sin éxito a su puerta. Con «La lapidation de Saint Étienne», Pere Vilá i Barceló aborda en francés un drama cotidiano, el de la vejez y el abandono. «La historia nació de un guión de cortometraje que hicimos a raíz de una serie de noticias en la Prensa sobre gente mayor que vivía sola –explica el director–. Eran personas que sufrían algún tipo de accidente doméstico y quedaban tirados en el suelo, malheridos... Eran encontrados días después, en algunos casos extremos, muertos. Me pareció un modo terrible de morir y empecé a preguntarme qué puede llevar a una persona a acabar de esa manera. Cómo la sociedad, la gente, nuestra cultura, ha ido arrinconando a alguien que está solo en su casa hasta llevarlo a tomar la decisión de no salir o salir muy poco».

El rostro del protagonista domina el metraje de la película, sufriente, contenido. «Desde el principio apareció la figura de Lou Castel. El crítico Ángel Quintana me lo mencionó. Y al presentar mi primera película en el Festival de Gijón en 2007 pude ver "La cuestión humana". Me impactó su rostro. Luego lo vi en "El nacimiento del amor", de Philippe Garrel, un autor que me gusta mucho. Ya desde el primer tratamiento del guión, él estuvo siempre».

Simbología religiosa

La película tiene una lectura teológica a través de su simbolismo, desde el título a la imaginería: «El origen está en un fresco de Fray Angelico que vi en su momento, "La lapidación de San Esteban": aparecía un mártir muy joven, de cara a Dios, con un gesto de aceptación total. Me pregunté: si viviera hoy, ¿tendría ese nivel de aceptación y de fe? El protagonista ha vivido cosas terribles. Pese a su educación católica, decide no aceptar que puedan ser designios de Dios. Por el contrario, su hermano representa la otra opinión: un creyente que acepta que la vida debe seguir su curso: me interesaba esta confrontación». Y añade: «Gran parte del rodaje fue en Gerona. Muy cerca está Olot, una localidad típica por la producción de figuras de santos, que se venden a todo el mundo. Eso me llevó a que Étienne fuera restaurador y estuviera arreglando un San Esteban como símbolo del deseo de curar su propio cuerpo deteriorado, pues duda de lo que habrá después de la muerte».

Amigo y discípulo de Joaquim Jordà, Vilá cuenta del fallecido cineasta que «sus películas me gustan mucho, pero no son una influencia directa con el cine que acostumbro a ver o el que me gustaría hacer. Lo que me quedó de él son sus enseñanzas como persona». Ese tipo de filmes que le gustaría hacer, explica, «es un cine humano. Más allá del debate de cine de autor o comercial, mi película habla de sentimientos. Más que ejercicios de estética, yo prefiero hacer retratos de personas. Algunos más amables que otros. Éste no lo es tanto, pero es el cine que me gusta».