Gabriel Cruz era precioso. Como todos los niños del mundo, por otra parte, si bien él contaba con un añadido: tenía una sonrisa deslumbrante que le salía por los ojos y alegraba el corazón de quien lo miraba. Todavía sigue contagiando, desde sus fotografías, una saludable sensación de felicidad y juego, el alborozo puro de la vida. Inteligente y sensible, le gustaba la música. Gabriel era una promesa, buena y sana. Representaba nuestro futuro. Un porvenir que, la persona que lo ha matado, nos ha robado a todos. Por eso nos sentimos conmovidos hasta lo más hondo por el horrible asesinato de la criatura. La gente, en estos casos, se ve perturbada y moralmente escandalizada, pide justicia, se considera concernida por el desenlace injusto y cruel del pequeño. Toda sociedad, si se presume avanzada, necesita reparar de algún modo estos crímenes espantosos. No hacerlo resultaría insoportable para los miembros decentes de una comunidad –esto es: para la casi totalidad de la misma–. Los allegados serían incapaces de seguir con sus vidas si no supieran que la iniquidad del asesinato de su niño se subsanará como sea. Condenando al criminal (al parecer, una mujer en este caso) a una pena proporcional al delito cometido, la sociedad se percibe, si no confortada, sí apaciguada en cierto modo. La justicia tiene esa función en los países civilizados. Mitigar el dolor. Un crimen como éste ataca y lesiona el sistema nervioso central de la sociedad, reparte sufrimiento en todos sus sectores, hasta el punto de generar enfermedades colectivas (odios, xenofobias, patologías médicas, rencor...) que ponen en peligro el normal desarrollo de la comunidad. La justicia debe operar como un mecanismo de protección, regenerativo y siempre alerta, incluso analgésico, curativo e higiénico. Porque si no lo hace así, el valor negativo del daño y la tortura que genera en la sociedad un asesinato semejante, carcome y desgasta a las personas, consume su fuerza y destruye su mañana. No sé si existen estudios serios, científicos, sobre la importancia y las consecuencias que traumatismos como el asesinato de Gabriel producen en el medio ambiente social donde tienen lugar. Deberían hacerse. Por otro lado, la memoria de este niño tan hermoso no merece contaminarse con la repulsiva maldad de quien le ha quitado la vida. (D.E.P., Pescaíto).