El totalitarismo se ejerce desde el Estado como ideología, régimen o movimiento –o todo a la vez–, en sus dominios no queda quicio alguno donde enmarcar la libertad. Los regímenes totalitarios son de partido único, de mentalidad única, de dirigente único. El totalitarismo es lo único, lo impar, uno y solo. Siempre lo mismo. Las instituciones del Estado totalitario están bajo el poder ilimitado de un personaje –como Hitler, Stalin...– que mantiene un control férreo del aparato gubernamental, del monopolio de la fuerza, sometiendo a la población a su modelo de ingeniería social que, de manera habitual, busca la consecución de una sociedad utópica pretendidamente perfecta, pero perfectamente podrida en realidad.

Para lograr sus fines, y sostener en el tiempo la violencia de su rígido y cruel sistema, el dirigente totalitario recurre a todos los medios a su alcance y dispone de ellos de manera absoluta, ya que no tiene competencia política; la sociedad que rige y administra carece de opinión pública, que él se ha encargado de sustituir por propaganda a su servicio exclusivo. La sociedad civil depende de su capricho y no posee capacidad de acción ni movimiento, estando amenazada por la ley toda iniciativa rebelde, y castigada con la cárcel, la tortura o la muerte.

Un régimen totalitario no es algo que se pueda tomar a broma. Pero en estos tiempos se oye por doquier el calificativo de «totalitario». Se utiliza con ligereza, frívolamente, como si el totalitarismo fuera algo habitual en este país donde vivimos (por fortuna, no lo es). La delirante inanición intelectual desde la que se contempla la historia, añadida a la grave ignorancia con que se usa el lenguaje político para atacar al adversario, están logrando que se disparen las palabras como balas de sentido.

Estos calificativos, con perversa reminiscencia de un pasado de terror político (la antigua URSS, la Alemania nazi...), son armas que hoy se lanzan sobre la imagen del oponente como si tal cosa. Por un lado, quien tacha de «totalitario» al contrario sabe que habla de forma hiperbólica. O quizás no lo sabe, pero espera hacerle daño con el lenguaje, confiando en que la palabra «totalitario» lo manche y lo hiera. Por otro, despoja de su esencia al crimen histórico del totalitarismo real, porque le resta importancia, subestimándolo.