La avispa y la juez

Marina Castaño

Ya que la casa se viste de verano, esta pequeña habitación se recicla en estudio estival y cambia el título genérico, solamente hasta después de agosto, y dejamos lo emocional para volvernos más satíricos, si cabe, y más relajados, que el año es muy largo y la política y la sociedad muy densa.

Galicia es una tierra aparte, no me cabe duda, y los gallegos son también como de otra galaxia, algo así como los chinos, que se nos hacen raros y nunca se llega a profundizar en ellos. En esa Galicia marinera, con las gaviotas graznando día y noche –yo creía que los pájaros al oscurecer se recogían hasta la mañana siguiente, al salir el sol–, y en esa dura tierra del interior de Lugo y Orense (digo Orense y no Ourense, porque estoy escribiendo en español, no en gallego), donde los cadáveres se echan a los cerdos en las vendettas entre familias según se explica en esa portentosa novela titulada «Mazurca para dos muertos», en Galicia en general, digo, una tierra que da escritores y políticos a punta de pala, se dan también personajes únicos y pintorescos, así como también especies animales distintas de las del resto de la Península Ibérica.

En estos frescos y deliciosos días en que pude disfrutar de la familia, del pulpo y de las cigalas –también de los pequeños jurelitos y de los pimientos de Padrón–, repasé periódicos que fueron mi lugar de trabajo en otro tiempo. Y en ese divertido hojeo me encontré con titulares que sólo se pueden dar en esta peculiar región de España que tan poco visito, bien a mi pesar, dicho sea con todo el sentimiento. Consideremos que de repente aparece una avispa autóctona, a la que, en los campestres días de verano, los niños estábamos acostumbrados y cuyas picaduras hemos padecido en más de una ocasión, pero que ahora, al parecer, y después de una extraña mutación su veneno se convierte en altamente alérgico y mortal para algunas personas. Y yo me pregunto, ¿será que la gente de ahora tiene menos resistencia que la de antes? No lo sé, pero lo que sí es cierto es que existe una gran alerta social, a todas luces infundada según los expertos. Es muy probable que la gente de antes fuésemos más «todo terreno» que la de ahora, más sensible a las intolerancias.

Luego está lo de la juez que también ejerce de pitonisa, de echadora de cartas, de adivina o como quieran llamarla. Una profesional de la judicatura, presumiblemente seria, que ha ganado una oposición en la cual se invierten como media cuatro años de estudio de temarios imposibles, pero que no renuncia a sus dotes de profeta y mantiene abierto un consultorio donde lee las cartas a su clientela. Todos sabemos que muchos políticos tienen su gurú, y no me estoy refiriendo al Arriola de turno sino al vidente de cabecera, pero, claro, sabemos también que son gente de cuarta (los políticos, claro) y en absoluto resultan un referente para nadie, con lo que el ejemplo no nos vale. Pero sí es de chocar que un personaje como Gabo García Márquez se guiara por un astrólogo proporcionado por Carmen Balcells, quien, en su carta astral, le sacó su vida de pe a pa. Creer en esas vainas es siempre cuestión de cada cual, y la ecuánime juez de Lugo cree a pies juntillas en lo que hace y en lo que dice. «La autoridad disciplinaria considera que hay suficientes indicios de que la magistrada “viene ejerciendo una actividad de cartomancia a través de la baraja del tarot, aceptando dinero a cambio”, y que “ha seguido haciéndolo” incluso después de que, tanto el Tribunal Superior de Justicia de Galicia como él mismo, decidieran investigar su caso» pero, claro, hasta donde sabemos esta actividad no se considera delictiva. Lo dicho, los gallegos y los chinos somos gente aparte.