La sordera en términos genéricos se define y relaciona con la reducción de agudeza auditiva. Bajo el punto de vista médico las sorderas cerebrales son muy raras; bajo el punto de vista político frecuentes. La mayoría de casos de pérdidas de audición, están relacionadas con alteraciones del oído. Aquí también se entremezclan y añaden muchos casos de sordera: la de quienes son sordos a conveniencia y la de quienes por mucho que se les diga no se enteran. Nuestro rico refranero lo sintetiza bien: «No hay peor sordo que el que no quiere oír» y «a palabras necias oídos sordos». Y un proverbio chino nos aconseja: «No perderás nada haciéndote el sordo; oirás muchas cosas que nunca oirías». Curiosísimo y recomendable el poema que nuestro José Hierro dedica a la sordera de Beethoven.

Hay un segundo aspecto de la sordera que no afecta solo al oído. Nuestros buenos oficiales de Caballería y en general la valiente gente del mundo del caballo, saben de sobra lo que es ser «sordo de culo». El caballo ha sido durante siglos pieza esencial de nuestra civilización. No solo por su nobleza sino también por su potencia y resistencia, ha acompañado al hombre hasta la extenuación, en mil circunstancias y en todos los caminos, montañas y desiertos del mundo. Al caballo se le dirige con las manos, con las piernas, incluso con la cabeza –y no solo pensando–. Pero también con el asiento, según los expertos: «manteniéndolo en contacto con la montura para pararlo o trotar a la española, ahuecándolo para trotar a la inglesa o facilitar el salto de obstáculos»; y añaden «cuando el jinete no sabe utilizar este asiento principalmente para la doma o el salto, se dice que es sordo de culo».

Bien imagina el lector por dónde van los tiros, porque vivimos tiempos de grave sordera política y social. Bismark un hombre que nos conocía y respetaba dejó escrito: «El buen estadista es aquel que, apoyando el oído sobre la hierba, intuye el sentido del galope de los caballos de la Historia». Ve venir, anticipa y toma medidas. Liddle Hart uno de los mejores tratadistas de la Segunda Guerra Mundial, valoraba enormemente a los generales tanto del Eje como Aliados capaces de «ver al otro lado de la colina». En cierto sentido coincide con Bismark. En lenguaje moderno alguien llamaría a esto, tener el radar bien orientado, para prever, intuir, poder decidir con acierto.

A día de hoy:

–Tenemos en España a una pléyade de buenos pensadores, rica en experiencias y consejos, que poca gente lee o escucha, bien porque su pensamiento sobrepasa 140 caracteres o porque sencillamente no queremos asumir determinadas críticas a nuestros comportamientos sociales.

–Nunca hemos tenido una generación de historiadores tan bien formada. En cambio se interpreta nuestra Historia en amplios sectores de nuestra sociedad de manera sectaria y sesgada.

–Individualmente somos respetuosos, solidarios y especialmente alegres, porque nos lo da el clima, nuestra tierra, el ambiente y nuestras herencias culturales. En cambio cuando entramos en el terreno de la política somos visceralmente enemigos, egoístas y tristes.

–En tiempos en que cualquier bribón puede insultar a nuestras Instituciones o a nuestras costumbres religiosas o culturales más arraigadas, se ponen en tela de juicio manifestaciones históricas teñidas de lealtad, negando incluso la capacidad de pensar. Hemos desterrado aquel principio de que «la verdad se corrompe tanto con la mentira como por el silencio».

–Vivimos en una Europa de futuro que ha conseguido superar las llagas de dos guerras mundiales consecuencia de nacionalismos excluyentes y de ideologías extremistas y nos lanzamos sin paracaídas al vacío de nuevas experiencias independentistas y de desvíos políticos ultramontanos.

–Y parece que no queremos ni oír las voces de quienes reclaman compartir con nosotros trabajo y paz social. Olvidamos que quienes en la Historia llamaron desarmados a las puertas de los imperios, regresaron armados como «bárbaros», en cuanto un líder oyó y supo interpretar e integrar su desgarrado grito.

Muchas veces compruebo tristemente la sordera de nuestra clase dirigente solo apta para lanzar globos sonda, remover la Historia, vivir de rectificaciones, eliminar todo lo hecho anteriormente. Mal ungidos y con unas dosis de revanchismo más del siglo XIX que del XXI, juegan con nuestro futuro. No saben que debajo su silla de montar, que han adquirido en extraña subasta, late un cuerpo social vivo, sacrificado y disciplinado, pero que en un momento determinado podrá resistirse a la doma o al salto como hacen los nobles caballos ante los «sordos de culo».

Tenemos enormes retos delante de nosotros que obligan a agudizar oídos, intuir lo que pasa al otro lado de la colina u orientar el radar. Solo con el esfuerzo común –caballos y jinetes– superaremos los obstáculos.