Antes se posaba para «salir bien» en la foto, ahora se busca la expresión friki, deconstruida, rara, descoyuntada, llamativa. Supongo que es normal: el mundo se entretiene haciendo fotos sin parar. Hay tantas que resulta difícil encontrar imágenes que atrapen la atención. La fotografía se ha democratizado de manera prodigiosa. Leonardo da Vinci, si asistiera a este espectáculo de miles de millones de seres humanos haciéndose selfies, sufriría un síncope. Verbigracia, se puede ver cómo ha cambiado el asunto de las fotografías en las instantáneas que sirven para ilustrar la prensa. Antaño, los escritores retratados en los suplementos culturales parecían seres misteriosos, cuasi divinos, a menudo envueltos en nieblas nicotínicas, posando con gesto interesante, turbio. Todavía no se había inventado siquiera el pixel. Los que no eran muy altos, semejaban ser gigantescos –la talla intelectual, y eso–; quienes no habían resultado favorecidos por la genética –tan democrática ella– producían la impresión de ser medianamente atractivos gracias a la poca y mala definición de las fotos. Los políticos también impresionaban en sus retratos, destilando dominio y majestad. La erótica del poder contaba con la ayuda inestimable de los retratistas oficiales palaciegos. Incluso la gente corriente, que protagonizaba sucesos, altercados, desgracias naturales o los premios navideños de la Lotería Nacional, salía en los papeles de lo más interesante...

Hoy las cosas han cambiado. Las fotos se arrojan al descuido, como quien lanza un directo a la mandíbula. Los filtros fotográficos convierten en bellezas extraterrestres a las «influencers», o en monstruos grotescos a personajes de tv, retratados en ese nanosegundo en que los ojos se les salen de las órbitas y las bocas se fruncen como un ojal descosido... Con un teléfono móvil barato y mala baba (barata, también), se puede obtener una imagen espantosa incluso de una Miss Universo de diecisiete años. Lo fotografiamos todo, pensando que así lo guardamos para siempre. Que la vida cabe en un click. Miramos orgullosos nuestro teléfono. Pensamos que, dentro de 20 años, los momentos vividos estarán ahí, aguardando... La mayoría no sabe que, todas esas fotografías digitales, son perecederas: desaparecerán. No porque las borremos, sino porque la tecnología las vuelve obsoletas, las hace evaporarse en pocos años. Y las convertirá en humo, en polvo, en sombra, en nada. (Y añoraremos el papel).