Transparencia contra la psicosis

Security measures at Cairo airport
Personal del aeropuerto con mascarillas contra el contagioSTREFE

La emergencia sanitaria de interés internacional, decretada por la Organización Mundial de la Salud (OMS) por el brote del nuevo coronavirus de China, no es la primera de estas características ni por supuesto será la última. Las epidemias han acompañado el desarrollo de la humanidad y han hostigado de forma letal a las comunidades de ciudadanos con mayos o menor virulencia. El desarrollismo, la investigación y la capacidad de aprendizaje sobre los más duros embates para la salud nos han permitido hoy estar mejor preparados que nunca a lo largo de la historia para afrontar un alerta de estas características. Por supuesto, y obviamente, no hablamos de que las sociedades presentes por muy desarrolladas que estén se encuentren inmunizadas ante un virus desconocido, pero sí que la vulnerabilidad se ha reducido exponencialmente en la medida que hemos sido capaces de superar crisis similares. Lo prioritario en este momento es la información y la transparencia, conocer a que nos enfrentamos. A día de hoy, el nuevo coronavirus causante de la neumonía de Wuhan ha acabado en China con la vida de 259 personas (46 más que el viernes), mientras que la última cifra de infectados en aquel país asciende a 11.791 (2.099 más que la víspera). El número de afectados a nivel mundial es de 11.943, por lo que no superan los 150 fuera del territorio del gigante asiático con ninguna víctima mortal. Precisamente, el viernes se hizo público el primer contagiado en España, un ciudadano alemán que evoluciona muy positivamente. Luchar contra el oscurantismo y las medias verdades, el relativismo tergiversador, debe ser una de las prioridades de las administraciones sanitarias a nivel nacional y mundial. Precisamente, aquí está una de las razones de que la preocupación se haya tornado por momentos en pánico, que la zona cero se encontrara en la tiranía china, donde la información es un instrumento al servicio del poder y los intereses de la dictadura comunista y no del pueblo y mucho menos del sosiego de occidente. Toda cautela y escepticismo sobre los datos suministrados por Pekín, dado que los precedentes, estaban más que justificados, por lo que esa situación disparó las especulaciones, los rumores y, por qué no decirlo, la conmoción. Actualmente, lo que sabemos debe servir para tranquilizar a la sociedad sobre la amenaza en cuestión y especialmente sobre la capacidad de respuesta, atención y prevención de nuestro sistema nacional de salud. Los expertos nos recuerdan que el índice de «letalidad» de este coronavirus es de alrededor del 2,3 por ciento, frente al aproximado 9,6 del SARS o el 35 por ciento del MERS. Lo que significa que es bajo. Se nos precisa también que se transmite poco entre personas, que sólo se ha producido un contagio comunitario en Wuhan y que se barajan pocos episodios en nuestro país. Pese a todo, y las autoridades en eso están, hay que mantener la guardia alta en conformidad con la pauta marcada por la OMS y por un mínimo sentido de la prevención. Desde este punto de vista la clase política está dando señales de responsabilidad que es obligado ponderar. Que el PP haya tendido la mano al Gobierno más allá de que demande «transparencia, diligencia y coordinación» es lo sensato. Como también lo es que el Ministerio de Sanidad piense convocar a las comunidades autónomas para abordar las medidas de cooperación y cohesión en esta crisis de salud pública. En epidemias como la presente o similares, la política, los políticos, deben dejar paso al protagonismo de los especialistas y ellos limitarse a la gestión y a poner todos los medios en los protocolos previstos. Nadie entendería que los dirigentes alarmaran más que la propia patología. Luchar contra el fenómeno de la psicosis que suele acompañar a toda epidemia, es una de las primeras preocupaciones de los responsables en sus distintos ámbitos. El daño de hiperbolizar lo ignoto suele agravar la amenaza que por sí sola ya es preocupante.