La hora de la política

La portavoz del Ejecutivo y ministra de Hacienda relata para LA RAZÓN su experiencia durante el estado de alarma y pide "dejar atrás las diferencias irreconciliables y los vetos cruzados para servir al interés general"

Aplausos en la puerta principal de la Fundación Jiménez díaz en agradecimiento al personal sanitario durante la epidemia de Covid-19
Aplausos en la puerta principal de la Fundación Jiménez díaz en agradecimiento al personal sanitario durante la epidemia de Covid-19Luis DíazLa Razón

Hoy domingo cerramos una de las etapas más difíciles de nuestra democracia. Finaliza el estado de alarma por la pandemia del coronavirus y empezamos a transitar la nueva normalidad. Hoy es, por tanto, un punto de inflexión y una oportunidad para echar la vista atrás, y reflexionar sobre lo que hemos vivido y aprendido en estos meses.

El virus cambió toda nuestra realidad de la noche a la mañana y nos obligó a adentramos en un terreno inexplorado, lleno de incertidumbre. Nos arrebató a familiares y amigos, dejando una enorme cicatriz al conjunto de la sociedad española. Descubrimos que somos más frágiles de lo que pensábamos, pero también que juntos somos más fuertes de lo que imaginábamos. Aprendimos a convivir confinados y distanciados de nuestros seres queridos, con un gran sacrificio individual y colectivo, pero también demostramos que nuestra capacidad de resistencia, de creatividad y de solidaridad son más que una seña de identidad. Nos describen como sociedad.

Aplaudimos cada día el esfuerzo titánico de los profesionales sanitarios que se han dejado la piel en esta batalla. Junto a ellos, miles de empleados públicos, que han demostrado que cuando vienen mal dadas se ponen al frente y movilizan en tiempo récord todos los recursos del Estado, permitiendo que la ayuda llegue allí donde hace falta.

Un Estado que ha activado toda su potencia para, en primer lugar, reforzar nuestro sistema sanitario y mejorar sus capacidades frente al virus. Tenemos uno de los mejores sistemas sanitarios del mundo, pero estaba debilitado después de tantos años de recortes.

En segundo lugar, para proteger a las familias y a los colectivos más vulnerables, con el objetivo de que esta crisis no acentúe la brecha de desigualdad y pobreza en nuestro país. Un ejemplo de ello es la reciente aprobación del Ingreso Mínimo Vital, una medida que va a suponer un antes y un después en el combate de la pobreza, especialmente de la pobreza infantil.

En tercero, actuamos para preservar el empleo y apoyar a nuestro tejido productivo, a nuestro empresarios y autónomos, con importantes medidas de liquidez, de apoyo y respaldo, tanto en el ámbito tributario como de Seguridad Social. O con los expedientes temporales de empleo de fuerza mayor, que han demostrado ser una herramienta muy útil para detener la hemorragia del mercado laboral y proteger las rentas de 3,5 millones de empleos.

Gracias a este apoyo, hoy muchas de esas pequeñas empresas empiezan a reactivarse progresivamente, pero también es justo destacar que otras muchas jugaron un papel esencial durante el momento más agudo de la crisis en áreas estratégicas como la logística, la alimentación, el transporte, las telecomunicaciones o la producción textil y farmacéutica.

Y, en cuarto lugar, reforzamos la cooperación y el diálogo en el conjunto de administraciones públicas, independientemente del color político de cada institución, porque lo importante era y es dar una respuesta eficaz a la ciudadanía. Por ello hemos activado un fondo extraordinario para las comunidades autónomas, dotado de 16.000 millones de euros. Un auténtico balón de oxígeno para el Estado del Bienestar, para la sanidad, la educación y los servicios sociales, cuyas competencias recaen fundamentalmente en las comunidades autónomas.

El Estado del Bienestar es lo que nos iguala a todos, nos permite ser una sociedad cohesionada. Pero, además, ya hemos visto que unos servicios públicos fuertes son claves en momentos de crisis. Por ello, sin duda, este Gobierno defiende que el bienestar de un país es la base para un crecimiento económico sólido, justo y sostenible.

La crisis nos deja muchos aprendizajes, entre ellos el más evidente: no minusvalorar la capacidad de este virus. Si queremos evitar retroceder tenemos que extremar las cautelas. El virus no ha desaparecido y mientras no haya una vacuna o un tratamiento eficaz sigue siendo una amenaza. No podemos vivir con miedo, pero sí con el debido respeto, porque de ello depende nuestra seguridad en los próximos meses.

Esta crisis también ha actuado como acelerador de profundos cambios sociales, laborales y económicos. Es posible y necesario avanzar en la digitalización del país y en el desarrollo de una economía más inteligente, menos dependiente de factores externos y más innovadora y sostenible. Digitalización y transición ecológica eran ya antes de la crisis dos estrategias claras de trabajo, pero ahora se ha evidenciado que son esenciales e inaplazables. Y que, junto a la igualdad, son los vectores de transformación que nos pueden ayudar a reactivar mejor y más rápido nuestro país.

Hoy podemos decir que gracias al esfuerzo colectivo hemos pasado lo más duro. Pero tenemos por delante una tarea ingente, que necesita del concurso de toda la sociedad, del talento de todo el que quiera aportar una propuesta, una solución. En este reto no sobra nadie. Porque todo lo que seamos capaces de hacer ahora, los consensos que logremos forjar, los acuerdos que alumbremos, serán los cimientos donde construiremos nuestro futuro como país.

Es mucho lo que está en juego. Y por ello es la hora de la política con mayúscula, la que deja atrás las diferencias irreconciliables y los vetos cruzados para servir al interés general. Ojalá sea posible.