Durante siglos para los católicos hispanoparlantes el Catecismo tenía dos nombres concretos: el Astete y el Ripalda. Sus autores fueron respectivamente dos jesuitas: Gaspar Astete que lo publicó en el 1599 y Gerónimo de Ripalda en 1616. Eran dos compendios breves de la doctrina cristiana con la fórmula de breves preguntas y respuestas que se aprendían de memoria. Fueron en su tiempo un eficaz método de evangelización. Esa prehistoria de la catequesis fue profundamente renovada por el Concilio Vaticano II en sus Constituciones y Decretos. Pablo VI concentró las enseñanzas conciliares en la materia publicando en 1971 el Directorio catequístico general y su sucesor Juan Pablo II lo renovó en 1997 con el Directorio general de la catequesis. Años antes el 11 de octubre de 1992, en el trigésimo aniversario de la inauguración del Concilio, Karol Wojtyla ordenó la publicación del Catecismo de la Iglesia Católica, monumental obra dirigida por el entonces Cardenal Joseph Ratzinger.

El pasado jueves 25 de junio fue presentado a los medios el Directorio para la Catequesis redactado esta vez por al Pontificio Consejo para la promoción de la Nueva Evangelización. Su presidente Monseñor Salvatore Fisichella insistió en la necesidad de su publicación porque «la Iglesia se enfrenta a un gran desafío que se concentra en la nueva cultura con la que se encuentra, la digital». En consecuencia, recalcó, la catequesis debe renovarse para convertirse en una propuesta que encuentre al interlocutor en condiciones de comprenderla y de ver su adecuación con el mundo en que vivimos. Si la Iglesia quiere evangelizar debe absolutamente renovar su catequesis.