Humanos con mascarilla

Es un ejemplar al que no descubres con la mirada, sino con el oído

Cristina BejaranoLa Razón

Tipo A): Este es el ejemplar más común de todos y fácilmente reconocible: es el que se pone a hablar contigo y antes de empezar su discurso levanta la mano y se quita un enganche de la mascarilla para destaparse la boca. Porque como todos sabemos, las mascarillas están hechas de un material indestructible que no deja pasar el virus, pero tampoco el sonido.

Le ves acercarse desde la distancia, sin nadie alrededor, con la mascarilla perfecta en su sitio tapando boca y oreja y al estar frente a ti, comienza su conocido ritual: el movimiento de su brazo hacia la oreja, para con destreza y naturalidad, desengancharse la mascarilla, dejar cualquier virus en libertad y comunicarte ese tan asunto esencial:

«Hace calor en agosto», dice.

Este tipo de ejemplar es de la misma familia del que cuando se abre la puerta del ascensor y estás tú dentro, hace amago de entrar. «¿No te importa?», suele preguntar, después, justo después (y nunca antes) de quitarse la mascarilla.

Es una pequeña variación del ejemplar A. Porque además que necesita quitarse la mascarilla para hablar, también debe necesitarla para escuchar:

Le dices que sí, que sí importa...Y entra.

Tipo B): Es un ejemplar algo más avanzado, que ha salido de casa con la mascarilla, como manda la ley, pero que no se da cuenta de que se le está resbalando y sólo le cubre la boca. Son esos que deben pensar que los orificios de la nariz son como el ombligo, una cosa que nos dejo ahí la naturaleza, pero que no tiene ninguna función específica una vez cortado el cordón umbilical.

Tipo C): Es un ejemplar al que no descubres con la mirada, sino con el oído. Es el que está sentado a tu espalda en una terraza y, de repente, se pone a toser como si tuviera un terremoto en su interior o como si se le hubiesen abierto la garganta y los pulmones tras meses cerrados. Te giras para ver si necesita un golpe en la espalda por si se ha tragado el hueso de diez aceitunas y descubres, entonces, que está en la mesa de al lado, sin mascarilla, y que tose sin mover un músculo, sin angustia, mientras en la mano sostiene un cigarrillo.

Ahí lamentas no haberle dado antes un golpe en la espalda proporcional a haberse atragantado con un millón de huesos de aceituna.

Tipo D) Es el ejemplar más famoso y más retratado. Además, ha elaborado un tratado contra la mascarilla con la misma técnica que cantaba: «Miénteme y di que no estoy loco/ Miénteme y di que solo un poco».

Tipo E) Este ejemplar es el que, aprovechando que el confinamiento y el teletrabajo desembocaron en las vacaciones, lleva desde marzo sin planchar y también sin afeitarse. Este sí se pone las mascarilla porque le permite salir a la calle sin necesidad de recortarse su desordenada y frondosa barba. Es un ejemplar curioso: el otro día, al llegar a casa tras correr un poco, se quitó la mascarilla y al rascarse entre su numeroso pelo de la barbilla descubrió un pequeño bichito blanco.

Le he puesto hasta nombre.