Épica y narrativa

Dicen que el cine le comió la tostada a la literatura y que ahí empezó su gran crisis. Pues ya antes de la pandemia (después no digamos), el cine braceaba en el océano por no ahogarse. Ni superhéroes, ni pelis de autor, ni los constantes «remakes» de sagas o de clásicos frenaban el hundimiento de productores y exhibidores frente a la multiplicación de estímulos que recibe el ciudadano corriente. Su último signo de desesperación era el de adaptar novelas a la gran pantalla. Dos géneros en crisis no hacen una narrativa frankenstein, hacen una chufla. Desde hace ya una década el género predominante es la realidad. Las editoriales y los autores, para seguir adelante, necesitan anunciar que una historia está basada en hechos reales, transmitir al lector que «aprende» algo de la Guerra Mundial o el Imperio Romano o de no sé qué suceso truculento para llegar al lector. Y no es que no se escriban valiosísimas ficciones, sino que cuesta mucho trabajo leerlas. En cambio, el asunto de Messi y el Barça ha regalado impagables horas de vodevil, cuernos, amores, traiciones, conspiraciones difícilmente igualables. Cien veces vendo mi reino y mi parnaso literario por «El chiringuito» de las dos últimas semanas.

Las novelas creíbles ya no pueden ser épicas. La única épica posible está reservada al deporte, los concursos, el «reality show». ¿La sordidez? No me hablen de Chuck Palahniuk, que tengo aquí el mando a distancia y todavía me acuerdo de Estefanía y Christopher. ¿Ciencia ficción? En la maldita realidad que vivimos el Gobierno canadiense recomienda el sexo con mascarilla y sin besos. ¿Esperpento? «Rescatan a dos terraplanistas, deshidratados en una balsa, que pensaban encontrar el fin del mundo en la isla de Lampedusa». Y así.

Decía esta semana Colson Whitehead, que acaba de ganar su segundo Pulitzer y puede que sepa algo de esto, que una novela ya no puede generar un escándalo, que hace mucho tiempo que eso no sucede. Que tampoco van a cambiar la realidad y ni siquiera va a servir para hacer un poco de pedagogía; que los legisladores no leen novelas, le dijo a la prensa española. Y eso que él ha recogido en su último libro un «hecho real» (hombre, por supuesto): un reformatorio donde se torturó a miles de niños en su país, que vive sacudido por la crisis racial. Menuda campaña de marketing, esa novela debería venderse sola. ¿Conmoción? Meh. Desgraciadamente consumimos vidas en tiempo real, claro, sin saber de su relevancia, más como una especie de sedación. De las fotos de Instagram, a «First dates» y las polémicas de Twitter. Yo ayer estuve absorbido por completo, actualizando el minuto a minuto del «Messigate». Un comunicado primero, una entrevista luego, una confesión y una declaración llena de sentimientos, algunos de ellos tan poco creíbles, tan ficticios que son mejores que la propia ficción. Esa puestita en escena, ese Messi en chanclas, las cortinas blancas... Esto no ha terminado, que no les cuenten películas.