Nos creíamos tan seguros

Alguien debería detenerse un momento y reparar que no se puede obligar a que todos continúen siendo payasos para que las pelotas sigan girando en el aire.

Andábamos muy fanatizados por aquí de nuestras ciencias, confirmaciones y saberes, y, mira por dónde, una epidemia nos ha descabalgado de nuestros artículos de fe. Nos ha dejado delante del espejo, como personajes de una fábula antigua, para que observemos la desnudez de la carne, como los cuadros de esos santos que nos atemorizan desde los muros de las iglesias. Se puede entender que en la Edad Media, la peste arruinara poblaciones y desarbolara creencias asentadas, porque entonces lo que no era religión era superstición, y no se sabía cuál de los dos cánones imponía más conciencia. En aquel tiempo, los hombres vivían desvalidos, con el único consuelo que daba el crucifijo o la tradición heredada. Y cuando ni una cosa ni la otra ofrecía protección contra las miserias y las inclemencias, más de uno tropezaría en el bordillo de la decepción, se sentiría abandonado y se enrolaría en una de las abundantes apostasías que corrían por el mundo, incluida la del escepticismo, que después ha prosperado mucho.

Que eso sucediera en aquellos siglos de diezmos, primicias, montazgos y sevicias, de arciprestes con barraganas, nobles sentados en jamelgos, fanáticos de uno y otro lado, mucha guerra, poca ciencia, menos razón y aún menos médicos, no extraña. Pero que en el siglo XXI, con todo este atrio de modernidades que son la globalización, los laboratorios y los avances tecnológicos, incluso con tantos medios de comunicación y redes sociales, nos hayan metido este jaque mate y empujado al borde del precipicio económico, da para que algunos sospechen de que a lo mejor no éramos ni tan fuertes ni tan buenos ni las teníamos todas con nosotros.

Quizá convenga reflexionar si nos lo hemos montado adecuadamente y si esto de que todo apee en el pilar de esta economía de un beneficio desmesurado, un capitalismo sin límite de avaricias, que también es muy medieval, es ventajoso o es como los besos fugaces que nos dedican algunas camareras de bar, que parecen amor, pero que en realidad es mera conveniencia. Esto de habernos acomodado en el diván de la plata y de que todo gire alrededor de su comodidad únicamente nos reporta unos sustos muy Lehman Brothers, que no acarrean nada bueno a la sociedad que tenemos ni tampoco a la salud cardíaca y, además, nos mete en unos Apocalipsis bursátiles y financieros que nunca han auspiciado finales felices, por mucho que nos la quiera colar Hollywood, y nos mete en unos cubismos que después pocos entienden.

Nos hemos inventado unas ingenierías y truques económicos que han acabado canibalizando la política y la vida, y a lo mejor deberíamos replantearnos si teníamos en realidad una sociedad tan tan normal, como aseguran algunos y tan exitosa, esto es, acorde con lo que sería deseable y aspirable, en vez de un circo donde la única manera de que todo se sostenga en pie es continuar dilapidando las nóminas en unos frenéticos consumismos y despilfarros varios. Alguien debería detenerse un momento y reparar que no se puede obligar a que todos continúen siendo payasos para que las pelotas sigan girando en el aire.