Corte de mangas

El Rey no va por libre, no puede, y su poder no alcanza más allá de la representación institucional del Estado

Mi abuelo Manuel Fernández, «Manolín el carpinteru» era republicano, socialista y guerrillero en la postguerra. Fue un hombre de paz que combatió con las armas en las dos ocasiones en que Garfia recuerda que Asturias se la jugó. Una bala le reventó los tendones y le dejó medio inútil la mano derecha, pero siguió trabajando. Su compromiso era tan firme que tras la guerra arriesgó su vida y el pan de su familia convirtiendo la carpintería en el corazón clandestino de las bandas que acosaban desde el monte a la dictadura recién nacida. Recuerdo pasear con él en Madrid, en la última década de la dictadura, entre largos silencios, pitillos de factura propia que morían entre sus labios, y alguna reflexión en alto que compartir con el nietu, el fíu de Crecia, un servidor. Creía en el socialismo y en la voz de los pueblos y me enseñó que lo importante en la política, como en la vida, era pensar en los demás, ayudar a quienes lo necesitaban y aparcar la ambición personal y el dogmatismo. En sus últimos años de vida admiró a Felipe González y creyó –republicano él, socialista y guerrillero– que la monarquía democrática había sido un magnífico regalo de la Historia. Murió creyendo que España le había hecho un corte de mangas a Franco.

Hoy lo sigo creyendo. La ambición personal, la presunta corrupción, emborrona la figura del hombre que reinó, pero no hace menor su obra. Podrá contaminar sus motivos, pero no cambiar los hechos. El actual Rey, sin embargo, presenta una hoja de servicios impecable, y una actitud de Estado digna de mejores administradores de la cosa pública. Él también se la jugó frente al golpe, sin eludir el mensaje directo a quienes afrentaban al Estado. Tanto, como para que éstos, guardianes hoy de la llave de ese Estado que denigran, envueltos en el poder cedido por el obsequioso Sánchez, sean capaces de conseguir de éste una humillación en toda regla no sólo a la Jefatura del Estado; también a la Judicatura.

Con todo, la gravedad del veto al Rey no debiera sorprendernos, porque no hace sino abundar en algo que, en perspectiva, empieza a vislumbrarse con cierta claridad. No está de más recordar que el artículo 64 de la Constitución fija el sometimiento del Jefe del Estado al refrendo del Congreso y el Gobierno democráticos, y en el Artículo 61 se determina su compromiso de guardar la Constitución y los derechos de los ciudadanos. El Rey no va por libre, no puede, y su poder no alcanza más allá de la representación institucional del Estado. Sostener que su figura no es democrática porque procede de herencia de sangre es someterse a la abstracción, poner la realidad por debajo de una idea.

El actual gobierno está difuminando el papel de la Corona al frente del Estado. No ya solo por la actitud beligerante de Podemos. Eso es previsible. Lo que no lo era tanto es la labor lenta, pero precisa y a lo que se ve, eficaz, de la otra parte, la que dirige Sánchez. Decía Carmen Calvo que vetar la presencia del Rey en Barcelona era una decisión muy bien tomada por quien debía tomarla. Lo segundo está claro: el gobierno. Lo primero nadie lo entiende. Ni siquiera el nacionalismo radical. Salvo que consideremos que este gobierno está ya metido en la brega del desdibuje a la Corona, y lo que para todos es una estrepitosa torpeza política, para ellos sólo sea un paso más en la escalada de algo que tienen ya perfectamente interiorizado.

Eso explicaría también el escaso papel que se le está dejando jugar durante la pandemia, limitados los Reyes a paseos callejeros fríos e intrascendentes, lejos de los focos de tensión, de los sectores a quienes escuchar y animar, lo que habría estado más cerca del compromiso y me temo que del deseo de la propia Corona. Sometida, repito, al criterio y decisión del gobierno. Se hace aparecer a los Reyes distantes o frívolos, como encastillados en la institución y en su pasado, mientras se les recorta el presente y, con la inestimable colaboración del Rey emérito, se pone en duda no sólo su condición democrática, sino su propia moralidad, su integridad personal.

Lo de Barcelona es sólo la evidencia. La frialdad creciente entre Sánchez y el Rey de la que ayer daba cuenta este periódico, otra pista más.

Zapatero se esmeró por pasar a la Historia como el político que silenció las armas de Eta. Se diría que Sánchez quiere hacerlo como el gran reformador de la Constitución, el conductor de una segunda transición. Dispuesto, si hace falta, a colaborar con Iglesias en su ambición de reinventar la República plurinacional. Ascos no le hace; contención, no pone.

Quizá Manolín el carpinteru, socialista, republicano y guerrillero asistiera hoy con estupor al espectáculo de esta nueva casta de políticos de izquierda dogmáticos y sectarios, cortoplacistas y supervivientes, cercanos de boquilla y atornillados en la afrenta, dispuesta a darle su corte de mangas a quienes en aquella hoy denostada transición sacrificaron sus principios para acabar con la dictadura. Empezando por la Monarquía Constitucional.