Decía Turgueniev en 1860 que la humanidad se divide en dos psicologías básicas: o somos Hamlet, o somos Quijote. No sé si el escritor ruso acertaba –era un buen pintor de humanos, aunque siempre un poco en tonos acuarela– pero esta clasificación podría venir al pelo para definir ese episodio de tensión política no resuelta que lleva meses martirizándonos y enfrentando a Moncloa con la Puerta del Sol.
Si aplicáramos esta plantilla a la confrontación, Pedro Sánchez debería ser Hamlet y a Díaz Ayuso le caería en suerte el papel de Alonso de Quijano. Sánchez lleva ya meses debatiéndose entre el ser o no ser, entre ahora quito y ahora pongo, entre me voy ahora con estos y luego con aquellos, entre a ver qué hago y por dónde me salgo. Quita y pone estados excepcionales. Quita y pone fiscales jefes y guardias civiles. Da marcha adelante y marcha atrás. Al igual que en la obra de Shakespeare, casi todos los espectadores tenemos el convencimiento de que esto va a acabar mal y nuestra única duda es el grado de estropicio que va a hacer el protagonista sobre las tablas.
Díaz Ayuso en cambio se ha liado la manta a la cabeza y ha salido a liberar galeotes, lancear molinos y embellecer nativas. Su papel es más cómodo porque al final la responsabilidad del estropicio la va a cargar Sánchez –ya que ha sido él quien se ha puesto chulo– y no hay que olvidar nunca que Hamlet se inmortaliza en el patetismo agónico; mientras que Quijote, a través de su empecinamiento, consigue momentos de verdadera grandeza como en la aventura de los leones.
Sea como sea, ambos estereotipos son interpretables de muchas formas y, precisamente, en las orgullosas cuestiones de interpretación es donde se insinúa todo el problema. Porque, en realidad, las diferencias aritméticas precisas entre los que proponen unos y otros son, en proporción a toda la que se ha liado, verdaderamente insignificantes. Está claro que se trata de un asunto político y no médico. En cualquier caso, en todas las versiones, está claro que al pobre Aguado le va a tocar el papel de Sancho Panza.