Con quien me da la gana

La ministra de Igualdad, Irene Montero, durante la segunda sesión del debate de moción de censura presentada por el Vox
La ministra de Igualdad, Irene Montero, durante la segunda sesión del debate de moción de censura presentada por el VoxMariscalEFE

Irene Montero cree que el feminismo radica en ser más ordinaria y más respondona que ninguna. La verdad es que a muchos nos sangran los oídos cuando la susodicha ministra cacarea, porque ella no habla: ladra, grazna, cacarea, en fin, cualquier sonido animal se le puede atribuir. El otro día al ser preguntada por una senadora del Partido Popular si no siente vergüenza por compartir su vida con un machista, refiriéndose al macho alfa que le ha hecho tres hijos, su señoría se levantó con garbo y respondió con un pareado: “yo me meto en la cama con quien me da la gana”. En el Parlamento británico son frecuentes los alborotos, de ahí la célebre palabra de “¡order, order!”, que popularizó a John Bercow cuando era speaker y que no se cansaba de repetir. En esta semana alguien osó pronunciar la palabra “dolt” desde el escaño, que significa algo así como imbécil o lerdo, pero en peor, y la llamada de atención de Lindsay Hoyle, actual speaker no se hizo esperar. Dijo que en aquella cámara no era costumbre escuchar agresiones lingüísticas como esa. Supongo que, de presenciar las vulgaridades que aquí son frecuentes, le hubiera dado un mareo.

De mareo, pero del bueno, estuvo la intervención de Casado en la absurda moción de censura presentada por Vox. Nunca vi más pequeñito a Abascal en su escaño, ni más ridículo a Sánchez en el suyo. Lo que en un principio parecía que iba a ser un recital de tópicos y de lugares comunes acabó siendo una sinfonía de sensatez y de sentido común que nos dejó a los escépticos de una pieza. Hacía mucho tiempo que en el Palacio de las Cortes no se hacía un discurso tan coherente, que expresara la esencia de lo que Casado pretende que sea su partido. A muchos nos sedujo hace más de un año en este periódico con un speach sin fisuras, sin un solo tropezón y, lo más grande: sin papeles. Sí, en el salón de actos de La Razón Pablo Casado exhibió una soltura admirable, él solo, sin muletillas y sin ningún Iván Redondo como director de orquesta, como artífice de su inspiración ni de las palabras que de su boca iban saliendo a lo largo de casi una hora. Lo dejó todo tan bien dicho que no hubo preguntas, casi, de los periodistas convocados para ese cometido. Y ahora que la moción está fracasada –como ya se sabía-, y enterrada, Vox ha quedado como la Chelito y Sánchez como un enanito del circo ante el chorreo del verdadero jefe de la oposición. Hoy domingo a unos pocos amigos, seis, que es lo que está permitido, nos caen unas gambitas y un vinito blanco a cuenta de una doctora vehemente que creía en los fuegos artificiales del político vitoriano. Artificiales y fantasmagóricos con unas propuestas dignas de Blas Piñar en sus mejores tiempos, que ahora ni tienen vigencia ni los españoles apuestan por ellas. Vox y Ciudadanos son partiditos en vías de extinción. Visto lo visto les queda menos fuerza que a una gaseosa y España volverá al bipartidismo del que nunca debió salir. La dispersión no es buena, ni para los equipos ni para los países, que no es más cosa que un equipo a lo bestia. Dejémonos, pues, de experimentos y vayamos a lo positivo, o sea, a buscar una tabla de salvación que nos saque del in pass en que nos hayamos sumidos. Los años pasan cada vez más rápido y no estamos ya nadie para perder tiempo.