Biden ante una nación dividida

Joe Biden es ya presidente electo de los Estados Unidos al conseguir los últimos votos que necesita, los 20 electores de Pensilvania, y que hace irreversible su camino a la Casa Blanca. De nada sirve ya la suicida estrategia de Donald Trump de acusar de fraude electoral, aunque pueda continuar su ofensiva judicial, por encima incluso de mal que que está causando a los propios republicanos. Medios afines, como «The Wall Street Journal» y la cadena Fox, pedían a Trump que reconociese la victoria del candidato demócrata y no perjudicase a la vieja democracia americana. Efectivamente, Trump ha perdido las elecciones, pero no como esperaban sus adversarios, ni como auguraban las encuestas, ni esa poderosa alianza de intereses que va de las grandes empresas tecnológicas a la acomodada clase política de Washington y la mayoría de los medios de comunicación nacionales. La pregunta es si el trumpismo sale derrotado después de esta cruenta batalla que han sido estos últimos cuatro años de mandato culminados con unas elecciones traumáticas en las que por primera vez una candidato ha puesto en duda su validez. Ninguna universidad, ningún «think tank», tenía previsto un discurso como el de Trump, capaz de combinar una zafiedad nunca vista con conseguir más de 70 millones de votos, un récord que ahora es patrimonio de los republicanos, o no. Ya se verá si el trumpismo es sólo un estilo indisociable del modelo original, o es la nueva forma política del populismo conservador basado en el frentismo.

La duda es saber si la sociedad norteamericana puede soportar por más tiempo sin quebrarse ese choque entre republicanos y demócratas. Un dato que no debería menospreciarse es que esa política histriónica, esa descalificación sangrante del adversario, pero también esa defensa autárquica del «America first», ha sacado de las catacumbas del sistema a muchos votantes que antes se habrían quedado en sus casas. Por lo que sea, y aunque resulte incomprensible desde esta orilla del Atlántico, hay una parte de la sociedad norteamericana que se ve representa por un multimillonario soez y con demostraciones y de una egolatría patética. Es posible que el mayor enemigo de Trump haya sido él mismo. Todo fue bien hasta que su caudillista soberbia topó con un problema como la epidemia del coranivus ante la que respondió con desprecio e irresponsabilidad, sacrificando el resto de su mandato. Ahora será el momento de Biden, que es justamente lo contrario que representaba Trump, el «establishment» político, y no tenga más tarea que coser el destrozo institucional causado por estas elecciones, volver a los consensos que han constituido a esta gran nación, pero partiendo de un hecho innegable: estas elecciones han demostrado que hay también otros Estados Unidos al que no se puede dar la espalda.