El 8-M y la igualdad de la mujer

Irene Montero tendría que dejar de ser la fanática ministra de Igualdad de Podemos y serlo de todas las españolas y españoles

Francisco Marhuenda
Francisco MarhuendaLa RazónLa Razón

Hay una cuestión sobre la que no debería existir debate y es la desigualdad que ha sufrido y sigue sufriendo la mujer. No tendría que ser una cuestión política o ideológica, porque es fácilmente constatable con datos objetivos, aunque se haya avanzado mucho desde el siglo XX hasta nuestros días. No cabe ningún atisbo al negacionismo. En primer lugar, los aspectos históricos son tan abrumadores como incuestionables, porque la discriminación es una constante desde tiempos inmemoriales a pesar de algunas excepciones. Ningún historiador puede dudar que han tenido un papel subordinado, han sufrido enormes y brutales injusticias y la lucha por la igualdad ha sido muy difícil. El machismo no es un invento del feminismo, sino una lacra histórica que no ha desaparecido, desgraciadamente, y que se completa con lo que conocemos como micromachismos. Esto no debe conducir, obviamente, a la condena a perpetuidad de los hombres, porque parece que se tenga que pedir disculpas por no haber nacido mujer.

El problema es la obsesión de la izquierda a la hora de controlar el feminismo, como si fueran los únicos defensores de las mujeres. Esto adquiere tintes grotescos ante el manifiesto machismo de algún dirigente comunista, populista o antisistema. Hemos visto infinidad de gestos machistas o actos micromachistas que no merecen la adecuada sanción social y el ostracismo político, porque son realizados por personas de izquierdas. Es difícil encontrar países en los que las mujeres hayan sufrido más esas actitudes y comportamientos que los gobernados por el comunismo. Es verdad que se utilizaban algunas como propaganda, pero la realidad es que era un mundo de hombres donde era fundamental ser auténticos «machos alfa». Es otra característica de los populismos de izquierda en los que se valora, y mucho, el concepto de fuerza como elemento nuclear del liderazgo. Es algo que podemos ver y comprobar en el mundo de Podemos.

Con respecto al 8-M, siempre que me preguntan respondo que habremos logrado la auténtica igualdad cuando no sea necesario celebrarlo. Eso significará que se ha erradicado tanto el machismo como los micromachismos y que no existe desigualdad profesional. Es un objetivo utópico, pero nos debería unir a todos. Una vez más el problema reside en aquellos que tienen una concepción excluyente, porque solo buscan réditos electorales y beneficios partidistas. Nadie criminaliza el feminismo, sino que muchos rechazamos ese patrimonialismo que esgrimen algunas y algunos. En muchas ocasiones me he preguntado cuál es la realidad que vivieron en sus casas y que quizá encontremos ahí el origen de esa airada y agria sobreactuación.

En mi caso, tuve la suerte de vivir en un ambiente alejado del machismo, donde mi madre tenía su propio negocio, una pescadería heredada de su madre, cuya propiedad compartía con mi tío. Ahora ya está jubilada y el negocio creció gracias a su esfuerzo y abnegación, aunque es verdad que era muy feliz con su trabajo. Fue un ejemplo decisivo en mi vida que me ha marcado profundamente. Al final quedó como única dueña y mi referencia fue la absoluta igualdad con mi padre, que tenía su actividad profesional al margen de mi familia materna. Eran los años sesenta, setenta, ochenta… donde no era igual en todas las familias y otros tenían a sus madres dedicadas a las tareas del hogar. Es lo que habrán vivido los/las pijo-progres de la izquierda radical donde el referente paterno filial habrá sido distinto al que tuve la suerte de conocer.

He sido siempre muy consciente de que ha existido desigualdad, quizás con mayor claridad al ver la diferencia entre mi entorno y otros en los que no se producía esa igualdad que para mí era lo normal. Entre las muchas cosas que tengo que agradecer a mis padres es el rechazo a los extremismos. Por ello, no entiendo que alguien pueda ser machista, racista o homofóbico que son lacras terribles para cualquier sociedad. He tenido la suerte, también, de desarrollar mi vida profesional en los periódicos y la universidad, donde existe la igualdad y hay mecanismos para garantizarla. No digo que todo sea perfecto. Hay otras profesiones donde también se ha avanzado muchísimo, pero hay campos donde queda mucho por hacer.

Cuando escucho o leo a dirigentes de Podemos, tanto hombres como mujeres, me surge la duda sobre cuál es el ambiente que vivieron en sus casas. ¿Eran sus padres, madres, tíos, tías, abuelos o abuelas el típico producto de ese machismo deleznable? No soy psicólogo y no puedo dar una respuesta, pero esa agresividad que muestran las lideresas podemitas, aderezada de un ignorante dogmatismo, refleja una gran amargura e inseguridad. Estaría muy acertado, también, que erradicaran los comportamientos o declaraciones machistas de sus compañeros de partido. Otro aspecto llamativo es que hablan en nombre de todas las mujeres, pero la realidad es que una enorme mayoría no se sienten representadas por el sectario ministerio de Igualdad. Es muy interesante constatar la agresividad con que responden ante cualquier crítica, no me refiero a las que vienen de las políticas del centro derecha, sino del propio mundo del feminismo de izquierdas.

Las recién llegadas a esta lucha se consideran con mayores méritos y legitimidad que las políticas socialistas o de otros partidos que llevan décadas trabajando en esa dirección. Es asombroso y produce bochorno. He acudido a numerosas manifestaciones como periodista, pero me gustaría ir como participante a las del 8-M, porque fueran convocatorias que nos representaran a todos los que queremos y defendemos la igualdad de la mujer siempre y en todo lugar. Sin insultos, dogmatismos, fanatismos o partidismos. Tengo tres hijas profundamente feministas. Me siento muy orgulloso de ellas, porque comparto sus ideas, sentimientos y aspiraciones. Me han hecho conocer algunos aspectos de los micromachismos que no están erradicados. Por todas las mujeres, Irene Montero tendría que dejar de ser la fanática ministra de Igualdad de Podemos y serlo de todas las españolas y españoles.