Puente de plata

Los satíricos lo echaremos de menos porque, cuando Iglesias se deja llevar en política por esa tendencia que tiene a filósofo de estar por casa, es la monda

Isabel Infantes Europa Press

Hoy los madrileños irán a votar para decidir el futuro de su autonomía y una de las pocas cosas que tendrán casi seguras antes de conocer el resultado es que Pablo Iglesias, a pesar de haberse presentado, no aspirará a protagonizar ningún posterior desarrollo de la Comunidad. Por lo menos, eso se deduce de las negociaciones que se ha comentado mantiene con Jaume Roures de cara a, en breve, saltar al medio televisivo.

Los satíricos lo echaremos de menos porque, cuando Iglesias se deja llevar en política por esa tendencia que tiene a filósofo de estar por casa, es la monda. Parece mentira entonces que tenga estudios superiores. Dice unas cosas siempre formidables que son garantía de grandes risas y jocoso esparcimiento. Aún se recuerda cuando afirmó aquello tan maravilloso de que la mejor manera para saber cuando algo que denunciaba era verdad consistía en medir el enfado que provocaba. Por supuesto, no veo yo a Kant, Leibniz, Frege, Hume y otros maestros de la lógica aceptando como método de búsqueda de la verdad el nivel de cabreo general. Eso solo se le ocurre a Pablo, nuestro héroe. Hay que decir que, como desarrollo lógico, ese planteamiento se asemeja a pretender que todos los urólogos hayan de ser necesariamente buenos jugando a los bolos solo en virtud de la experiencia de su trabajo. Es un método de pensamiento encadenado que, aparte de provocar desagradables imágenes de dedos y orificios, resulta bastante absurdo porque no lleva a ninguna parte ni nos ilumina sobre la realidad que nos rodea.

Pensar que Iglesias pudiera volver a la universidad para transmitir esos surrealistas procesos mentales a las nuevas generaciones, protegido bajo el manto de autoridad que acompaña a esa institución, hacía temer que el futuro educacional de nuestro país en las próximas décadas fuera de una espantosa demagogia simplista. Por eso creo que deberíamos estarle enormemente agradecidos a Roures, nuestro Berlusconi de sardana, si llegara a formalizar una oferta como la que se comenta. El ciudadano medio razonable (aquel que suele vomitar cuando enciende el televisor) sabría donde está Iglesias –para evitarlo– y nuestros alumnos universitarios públicos quedarían mentalmente a salvo.