Socialismo zapaterino
Habrá que concluir que uno puede ser socialista teniendo mucho
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Socialista tiene a día de hoy dos potenciales acepciones. La acepción clásica, a saber, aquella persona partidaria de socializar los medios de producción ya sea a través del Estado o a través de una red de cooperativas; o la acepción más reciente, esto es, socialista como sinónimo de socialdemócrata: aquella persona que, aceptando la economía de mercado (y, por tanto, la propiedad privada de los medios de producción), es a su vez partidaria de una fuerte acción intervencionista y redistribucionista por parte del Estado. Desde luego, ninguna de ambas acepciones presupone que los promotores del «socialismo» deban provenir de los estratos más humildes de la sociedad o que deban mantenerse anclados en la miseria: un rico podría ser partidario de socializar los medios de producción o de un Estado fuertemente intervencionista en aras de una mayor igualdad (aunque sería deseable que, antes de querer experimentar sus ideas a una escala macroeconómica, probara a ponerlas microeconómicamente en práctica a través de la socialización o redistribución de su fortuna personal). De hecho, los intelectuales de todas las ideologías, también los de la socialista, suelen proceder de clases suficientemente acomodadas como para haber accedido a una educación superior y haber dispuesto de suficiente tiempo libre como para pensar o participar en movimientos políticos desde los que practicar un cierto agitprop. Ni Lenin ni Trostky, por ejemplo, procedían de clases proletarias, sino más bien de la misma burguesía que aspiraban a eliminar. De ahí que resulte especialmente ridículo que algunos líderes del PSOE sigan insistiendo en que los cuadros del partido no sólo proceden típicamente de los sectores más humildes de la sociedad, sino que a día de hoy siguen instalados en la pobreza. Así, por ejemplo, el ex presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, definió de esta manera el socialismo en el reciente congreso federal del PSOE: «Ser socialista es tener (normalmente) muy poco y estar dispuesto a dar mucho». Pero, como es obvio, se puede ser socialista sin tener muy poco. El propio Zapatero es un claro ejemplo de ello: tan sólo su patrimonio inmobiliario declarado lo coloca entre el 5% más rico de la población española (y probablemente entre el 1% más rico). Por consiguiente, y atendiendo a tan desafortunada (y demagoga) definición de socialismo, o bien él, que fue secretario general del PSOE, no puede ser calificado de socialista o, alternativamente, habrá que concluir que uno puede ser socialista teniendo mucho. ¿A qué viene semejante ejercicio de abierta manipulación de la realidad? Muy simple: las élites del PSOE necesitan vender ante los electores que forman parte de la misma clase social que la mayoría de ciudadanos y que, justamente por ello, comparten sus mismas aspiraciones y experimentan sus mismos problemas. Mas el legado de Zapatero, y de tantísimos otros socialistas que prometieron dar mucho, fue un legado calamitoso para aquéllos a quienes decía querer proteger. Si a las personas se las debiera juzgar más por sus actos que por sus palabras, Zapatero ni tiene muy poco ni dio nada demasiado bueno. Quizá es que la etiqueta de socialista esté vacía de contenido o, más bien, que su contenido sea venenoso para la prosperidad general de una sociedad.