España

Necesario y urgente

El suicidio es la terapia extrema de quien ya no puede más con el dolor

Hay una conmoción que nos recorre hoy ante un drama personal inesperado. O al menos en la dimensión en que nos ha estallado delante. Cada día en España se suicidan once personas. Es una estadística, claro, una media extraída de los datos anuales; una cifra que, no obstante, es incapaz de esconder el espanto de la experiencia para quien se aboca a ella como única solución a su sufrimiento. Ante el suicidio nos sobrecogemos, y sentimos el peso de una cultura que niega la muerte o que exige que la afrontemos sin que sea nuestra voluntad la que decida.

Pero ahora nos ha explotado en las manos la bomba de Verónica Forqué, uno de esos seres que además de admiración despertaba ternura, era próxima y un poco nuestra. La acabábamos de ver en televisión expresarse sin tapujos como alguien dolorido y exaltado, participante de un concurso tan desprovisto de piedad como casi cualquier producto televisivo. Y nos conmovió. Salió de un portazo de las pantallas y recordamos que en un tiempo no muy lejano había reconocido haber atravesado el desierto espinado de una depresión. Se podía salir, había dicho poco después; se podía salir con ayuda, acudiendo a quien puede ofrecerte socorro profesional y afecto. Ella lo había hecho.

Debió recaer, debió volver a sentir el filo candente de la desesperación, y al final decidió que el regreso de tanto sufrimiento, que la disciplina de soportar lo insoportable no merecía ya la pena. Y se fue.

Me niego a buscar siempre utilidad a las cosas, a participar de esta cultura que rechaza lo inútil y sacraliza la eficacia y el sentido práctico, pero quizá haya que reconocer que esta muerte atroz pueda servir para despertar la atención a la enfermedad mental.

El suicidio es la terapia extrema de quien ya no puede más con el dolor. Ese dolor para el que a menudo ni la química tiene alivio. Hay medicación para la calma, pero no anestesia para la desesperación. El dolor profundo de la depresión es más insoportable que cualquier otro dolor físico. NO ha de serlo si es capaz de conducirnos a acabar con nuestra propia vida para librarnos de él.

Y sin embargo el mal mental, las consecuencias de experiencias que nos marcan y alteran o sencillamente la inmersión en una enfermedad psíquica, no cuentan con la misma solidaria atención que cualquier otra. Ni institucional ni personal. A veces hasta llegamos a frivolizar con ella. Quizá porque la tememos y queremos conjurarla ignorándola. O puede ser que pensemos que jamás nos tocará a nosotros, que eso es «cosa de locos».

Pero hay un 5,4 por ciento de la población española que ha sufrido o sufre algún tipo de depresión. Más de dos millones de personas.

Según el Consejo General de Psicología aumenta el número de suicidios o intentos entre jóvenes y adolescentes. Y para los adultos la pandemia y sus limitaciones, la ruptura con nuestra forma de vivir, de relacionarnos, de querer y aceptar, ha sido una palanca para alteraciones que han terminado por abrir la puerta a problemas mentales.

Nuestra admirada Verónica decidió sobre su vida para dejar de sufrir. No sé si podremos evitar más casos como el suyo, supongo que no. Pero quizá mirarla a los ojos y entender que, como ella dijo, su destino no era inevitable con ayuda y compromiso, nos permita abordar sin miedo un debate necesario y urgente.